La primera tarea en la lista que Liam le había dejado era archivar facturas antiguas. De hacía tres años.
Un trabajo tedioso, inútil, diseñado para mantenerla ocupada y humillada.
Thaís pasó la mañana metiendo papeles en carpetas, con una diligencia fingida.
A mediodía, decidió que era hora de explorar.
Salió de su pequeña oficina y se dirigió a la cafetería de la empresa.
Caminaba despacio, su mirada vagando con una falsa confusión, como si estuviera redescubriendo el lugar.
Los empleados con los que se cruzaba reaccionaban de dos maneras: o la ignoraban por completo, demasiado asustados para interactuar con ella, o le ofrecían sonrisas compasivas y condescendientes.
La cafetería estaba medio vacía.
Y entonces la vio.
Ana.
Había sido su asistente personal durante cinco años. Una chica brillante, organizada y ferozmente leal.
Ahora estaba sentada sola en una mesa del rincón, comiendo una ensalada de un tupper de plástico. Llevaba el uniforme gris del personal de recepción. Una degradación tan brutal que era casi un despido encubierto.
Tenía la mirada perdida, la tristeza grabada en su rostro.
Thaís sintió una punzada de rabia. Ana no merecía eso.
Se acercó a la máquina de café, dándole la espalda a Ana pero situándose lo suficientemente cerca. Mientras la máquina llenaba su vaso de papel, habló en voz baja, sin mirar a la chica.
—El café de aquí sigue siendo tan malo como recordaba.
Ana se sobresaltó al oír su voz. Levantó la vista, sus ojos llenos de sorpresa y miedo.
—Señora… señora Monteverde…
—Shhh —dijo Thaís, todavía sin mirarla—. Llámame Thaís.
Cogió su café y, como si fuera una ocurrencia tardía, se giró y se acercó a la mesa de Ana.
Puso su mano sobre la de Ana por un instante. Un toque cálido y firme.
Luego se levantó, su expresión volviendo a ser la de una mujer perdida.
—Bueno. Tengo que volver a mis facturas. Ha sido un placer… eh…
—Ana.
—Ana —repitió Thaís, como si memorizara el nombre—. Qué bonito.
Se alejó cojeando ligeramente.
Ana se quedó mirando cómo se iba, la calidez de su mano todavía en la piel.
Hacía meses que nadie le dirigía una palabra amable.
Hacía meses que se sentía invisible, desechada.
Y en medio de esa oscuridad, una pequeña llama de lealtad, que creía extinguida, comenzó a arder de nuevo.

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