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Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo romance Capítulo 44

La oportunidad perfecta para socavar a Marcos Peña se presentó tres días después.

Thaís había oído a través de los rumores de la oficina, un sistema de información más rápido que cualquier intranet, que Peña había convocado una reunión departamental “urgente”.

Quería presentar sus “innovadoras” nuevas rutas de envío para la colección de otoño.

Era su intento de reafirmar su autoridad después del desastroso historial de retrasos y sobrecostes que había acumulado en apenas un mes.

Thaís pasó la mañana en su cubículo, archivando obedientemente sus facturas.

Diez minutos después de que comenzara la reunión, salió de su oficina y caminó lentamente por el pasillo hacia la sala de juntas del departamento de logística.

Se asomó por la puerta de cristal, su rostro una máscara de confusión.

Dentro, Marcos Peña estaba de pie frente a una pantalla, gesticulando con un puntero láser, su voz resonando con una confianza completamente infundada. El resto del equipo lo escuchaba con una mezcla de aburrimiento y desesperación.

Thaís abrió la puerta suavemente. El chirrido fue casi inaudible, pero en la tensa sala, sonó como un trueno.

Todas las cabezas se giraron hacia ella.

—Perdón… —susurró, encogiéndose como si la hubieran pillado haciendo algo malo—. Lo siento, creo que me he perdido. Buscaba la cafetería.

Marcos Peña la miró, su presentación interrumpida. La molestia era evidente en su rostro.

—La cafetería está en la otra planta, señora Moreno.

—Oh. Claro. Qué tonta —dijo Thaís, dándose la vuelta para irse.

Pero entonces se detuvo.

—Un momento… ¿Ustedes son de logística, verdad?

Peña suspiró, impaciente.

—Sí.

—Ay, qué interesante —dijo ella, entrando en la sala—. Mi marido me dijo que antes yo… yo trabajaba mucho con ustedes. ¿Les importa si… si me quedo un ratito? Solo para escuchar. A veces los términos, los números… me ayudan a… ya sabe.

La petición, hecha con tanta fragilidad, lo colocó en una posición imposible. Echar a la esposa enferma del jefe sería un suicidio profesional.

—Por supuesto, señora Moreno —dijo entre dientes—. Siéntese donde quiera.

Le señaló una silla vacía en la parte de atrás.

Thaís se sentó, pequeña e insignificante.

Peña retomó su presentación, hablando de optimizar los “hubs de distribución” y de aprovechar las “sinergias de transporte multimodal”. Usaba palabras que claramente había aprendido de un manual de negocios la noche anterior.

Thaís esperó a que hiciera una pausa para beber agua.

—Perdón —dijo, levantando la mano tímidamente.

Peña la miró, irritado.

El silencio en la sala fue absoluto.

La pregunta, aparentemente inocente y confusa, había ido directa a la yugular del plan de Peña.

Él se quedó con la boca abierta. Era evidente que ni siquiera había considerado ese detalle. Un detalle que podría costar cientos de miles de dólares en aranceles inesperados.

Uno de los gerentes de mayor edad, un hombre que llevaba veinte años en la empresa, carraspeó.

—La señora Moreno tiene razón —dijo, sin atreverse a mirar a Peña—. El acuerdo US-LUX-21 solo se aplica a la carga aérea directa. Si usamos la ruta marítima, tendríamos que pagar el arancel completo. El plan no sería rentable.

El rostro de Marcos Peña pasó del rojo al blanco pálido.

Estaba humillado. Desarmado.

Una mujer “amnésica” acababa de destruir su gran estrategia con una pregunta “tonta”.

Thaís se encogió en su silla.

—Oh, lo siento. Seguro que me he equivocado. Mi cabeza… mezcla las cosas. No quería interrumpir. Es que todo es tan complicado.

Se levantó y se dirigió a la puerta.

—Creo que… mejor me voy a buscar ese café.

Salió de la sala, dejando tras de sí a un director incompetente expuesto y a un departamento entero que ahora sabía, sin lugar a dudas, que su jefe era un fraude.

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