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Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo romance Capítulo 45

El incidente en la reunión de logística tuvo repercusiones inmediatas.

El rumor de la humillación de Marcos Peña se extendió por la empresa como la pólvora.

Y con él, creció una nueva percepción de Thaís. Ya no era solo la pobre víctima. Era un recordatorio viviente de la competencia y el conocimiento que la empresa había perdido.

Ana, su antigua asistente, ahora la visitaba en su cubículo sin ventanas dos o tres veces al día.

La excusa era traerle café o algún documento que no necesitaba, pero en realidad venía a por algo más: esperanza.

—La gente está hablando, señora —le susurró Ana una tarde, mientras le dejaba una taza humeante sobre el escritorio—. Dicen que usted, incluso sin memoria, sabe más que todos los nuevos jefes de Liam juntos.

Thaís le ofreció una sonrisa triste.

—Son solo chispazos, Ana. Cosas que aparecen y desaparecen. No tienen sentido.

Pero sabía que era el momento de dar el siguiente paso.

Llevaba días trabajando en secreto en su viejo ordenador. Había recuperado los fragmentos de un proyecto que había empezado justo antes de su “accidente”.

Un plan detallado para optimizar el flujo de comunicación interna entre los departamentos de diseño, producción y marketing, utilizando un nuevo software de gestión de proyectos. Ahorraría tiempo, reduciría errores y, sobre todo, devolvería el poder a los equipos creativos, quitándoselo a los burócratas.

Guardó el archivo final en una memoria USB anónima.

Esa tarde, cuando Ana volvió con la excusa de recoger la taza vacía, Thaís sostenía la memoria USB en la mano, mirándola con una expresión de total perplejidad.

—Ana —dijo, su voz teñida de frustración—. Encontré esto en el bolsillo de un viejo abrigo que me han traído de casa. No tengo ni la más remota idea de qué es. ¿Podrías mirar qué tiene? Me da miedo conectarlo y borrar algo importante por accidente con mi torpeza.

Ana, siempre dispuesta a ayudar, cogió la memoria USB.

—Claro, señora.

La conectó a la vieja computadora de Thaís. Un solo archivo apareció en la pantalla: “ProyectoFenix.docx”.

—¿Proyecto Fénix? —dijo Ana, intrigada.

—¿Fénix? Qué nombre tan raro —respondió Thaís, asomándose por encima del hombro de Ana con curiosidad fingida.

—Pero… es su idea, señora.

—No, Ana —dijo Thaís, su voz suave pero firme—. Es una idea huérfana. Yo no la recuerdo. Si tú no la usas, morirá aquí, en este ordenador viejo, en esta oficina sin ventanas.

Se acercó a ella.

—Tómala. Estudia cada palabra. Adáptala. Hazla tuya. Demuéstrales a todos lo que vales. Demuéstrales que la gente que yo elegí no era débil.

La barbilla de Ana tembló. La humillación de su degradación, la frustración de meses de impotencia… todo se canalizó en una nueva determinación.

—Lo haré —dijo, su voz ya no era un susurro, sino una promesa.

—Saca la memoria USB y llévatela. Y borra el archivo de este ordenador —ordenó Thaís suavemente.

Ana obedeció.

Se fue de la oficina sin ventanas no como una recepcionista, sino como una soldado a la que le acababan de entregar su arma.

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