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Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo romance Capítulo 46

Una semana después, el “Proyecto Fénix” explotó.

Ana, trabajando día y noche, había adaptado la propuesta, añadido datos actuales para reforzar los argumentos y la había presentado a través de los canales oficiales, firmándola con su propio nombre.

La idea era tan sólida, tan evidentemente beneficiosa y tan fácil de implementar, que saltó por encima de los gerentes intermedios y aterrizó directamente en la mesa del director de operaciones.

Dos días después, Ana fue convocada al despacho de Liam.

Thaís se enteró por la propia Ana, que pasó por su cubículo antes de la reunión, pálida y nerviosa.

—Tranquila —le dijo Thaís, con una calma que infundía confianza—. Eres la persona que mejor conoce ese proyecto. Simplemente, di la verdad.

La verdad, por supuesto, era una mentira muy bien construida.

Thaís esperó, fingiendo ordenar sus facturas, el corazón latiéndole con fuerza.

Una hora más tarde, supo que había funcionado cuando vio pasar a Camelia por el pasillo. Su rostro estaba desencajado por la rabia y la envidia.

Por la tarde, Ana volvió.

Ya no estaba pálida. Sus ojos brillaban.

Cerró la puerta del cubículo de Thaís.

—No se lo va a creer —dijo, su voz un torbellino de emoción.

Le contó todo.

Liam la había recibido en su despacho, con Camelia sentada a su lado como una reina consorte malhumorada.

Tenía la propuesta en sus manos.

—Señorita… Ana Morales, ¿verdad? Del departamento de recepción.

Su tono había sido una mezcla de incredulidad y molestia.

Le había pedido que explicara el proyecto.

Y Ana, venciendo sus nervios, lo había hecho. Con una claridad y una pasión que sorprendieron a Liam. Había hecho suyo el proyecto, tal y como Thaís le había indicado.

—Dijo: “No me decepcione, señorita Morales”.

Thaís se levantó y la abrazó.

—No lo harás. Te lo dije, Ana. Sabía que eras la mejor.

Cuando Ana se fue, radiante, Thaís se sentó frente a su viejo ordenador.

Abrió de nuevo el organigrama de la empresa.

Ahora había un nuevo nombre en un puesto de gestión. Un nombre que le era leal.

Su primera pieza había avanzado en el tablero.

Ya no era una prisionera.

Era una estratega.

Y acababa de empezar a mover sus fichas.

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