El ascenso de Ana Morales no fue solo una victoria para ella.
Fue una bengala de señales en la noche.
Para todos aquellos que habían sido leales a Thaís, para los que habían sido degradados, humillados o simplemente ignorados por el nuevo régimen, el éxito de Ana significaba una cosa: la esperanza.
Significaba que el poder de Liam y Camelia no era absoluto.
Y que la antigua reina, incluso en su estado roto y amnésico, todavía tenía la capacidad de cambiar el destino de la gente.
Thaís comenzó a notarlo en las pequeñas cosas.
Al principio, era solo un cambio en las miradas. La lástima fue reemplazada por una curiosidad respetuosa. El miedo, por una cautelosa expectación.
Luego vinieron los gestos.
Un “buenos días, señora Moreno” dicho con un poco más de calidez de la necesaria.
Una sonrisa discreta al cruzarse en el pasillo.
El viejo jefe del taller de marroquinería, un artesano llamado Ricardo al que Liam había degradado a simple operario, se cruzó con ella cerca de los ascensores.
—Señora —dijo en voz baja, sin dejar de caminar—. El cuero que están usando para la nueva colección… la calidad es inferior. Se agrietará con la humedad.
Y siguió su camino, sin esperar respuesta.
Un informático del departamento técnico, un joven al que Thaís había contratado directamente de la universidad, “accidentalmente” dejó caer una memoria USB cerca de su cubículo.
—¡Ay, qué torpe! —dijo en voz alta, para luego susurrarle mientras la recogía—. Hay una puerta trasera en el nuevo sistema de seguridad. La contraseña es el año en que se fundó la empresa. Por si alguna vez necesita… recordar algo.
No eran un ejército organizado. Eran una resistencia. Una red de espías que operaba en las sombras, unida por su desprecio hacia los nuevos líderes y su afecto por la antigua.
Liam, en su arrogancia, había creado las condiciones perfectas para su propia caída. Al purgar a los leales, los había convertido en una quinta columna. Y al traer a Thaís de vuelta, les había dado un estandarte bajo el cual reunirse.
Thaís se sentía como una tejedora de telarañas.
Cada gesto, cada informe, cada susurro era un nuevo hilo de seda.
Por separado, eran frágiles.
Pero juntos… juntos estaban tejiendo una red lo suficientemente fuerte como para atrapar a los depredadores que ahora gobernaban su reino.
Su facción secreta crecía. Y nadie, y mucho menos Liam, se daba cuenta.

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