La mañana del desfile, sonó el teléfono en el despacho de Liam.
Thaís, que pasaba por allí “casualmente” de camino a la cafetería, se detuvo. La puerta estaba entreabierta. Pudo oír la voz de Liam, tensa y furiosa.
—¿Cómo que cancelado? ¡Es imposible! ¡Tengo que estar en ese avión!
Hubo una pausa, durante la cual Thaís imaginó a la persona al otro lado de la línea dándole una mala noticia.
—No me importa una tormenta en Chicago. ¡Busquen otra ruta! ¡Fleten un jet privado! ¡Tengo que volver a casa esta noche!
Thaís se apoyó contra la pared del pasillo, una sonrisa helada dibujándose en su rostro.
Ana le había informado la noche anterior que Liam tenía un viaje de negocios de última hora a Nueva York. Una reunión ineludible con los distribuidores americanos.
El plan original era que tomara un vuelo de regreso a primera hora de la mañana, llegando justo a tiempo para el desfile.
Pero Thaís tenía otros planes.
A través de Ricardo, el jefe de taller, había contactado con un antiguo empleado del departamento de logística que ahora trabajaba en el aeropuerto. Un hombre que le debía un gran favor.
Una llamada. Una advertencia anónima sobre un “problema técnico” en el avión de Liam. Una inspección inesperada. Y una conveniente tormenta de verano que serviría como la excusa perfecta para una cancelación en cascada.
Liam estaba atrapado.
—¿Qué quieres decir con que no hay nada hasta mañana? —gritó al teléfono—. ¿¡No sabes quién soy!?
Liam, el gran manipulador, el hombre que controlaba cada detalle, había sido neutralizado por una simple llamada telefónica.
Thaís llegó a la cafetería y pidió un café.
Mientras esperaba, miró por la ventana. El cielo estaba despejado. Un día precioso.
Un día perfecto para una ejecución.
El escenario estaba listo. Los actores estaban en sus posiciones.
Y el telón estaba a punto de levantarse.

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