El desastre era el objetivo. La humillación era el método.
Pero Thaís no era solo una destructora. Era una creadora.
Y en su mente, la venganza más completa no consistía únicamente en exponer el fracaso de Camelia.
Consistía en demostrar, en el mismo acto, su propia y superior genialidad.
No bastaba con que el bolso se rompiera. Ella tenía que tener la solución. Una solución que Camelia, en su ignorancia, nunca podría haber concebido.
Esa noche, en la soledad de su cubículo, se dedicó a diseñar la cura para el veneno que había identificado.
No podía ser algo obvio. No podía parecer un parche, un arreglo de última hora.
Tenía que ser elegante. Intencional. Tenía que parecer una parte integral y lujosa del diseño original.
Extendió una hoja de papel en blanco sobre su escritorio. Con un lápiz de grafito que Ana le había conseguido, comenzó a dibujar.
Sus manos, que durante semanas habían fingido temblar, se movían ahora con una seguridad y una precisión que eran innatas en ella.
El problema era la tensión entre el metal y la resina. El anclaje necesitaba un refuerzo, un elemento que absorbiera la presión y distribuyera la fuerza.
Descartó la idea de un adhesivo o un refuerzo interno. Sería invisible, pero no demostraría nada.
La solución tenía que estar a la vista.
Dibujó el asa del bolso, la curva perfecta de la resina.
Luego, en el punto exacto donde el anclaje se unía al cuerpo del bolso, añadió un nuevo elemento.
Un pequeño pin metálico.
Con un trozo de arcilla polimérica y unas finas láminas de metal, comenzó a esculpir un prototipo del pin.
Trabajó durante horas, sus dedos moviéndose con una memoria ancestral, moldeando, puliendo, perfeccionando la pequeña hoja de laurel.
Cuando el sol comenzó a filtrarse por las persianas de la oficina, tenía sobre su escritorio una réplica exacta de su diseño.
La sostuvo contra la luz.
Era su arma secreta. La llave que no solo cerraría la trampa sobre Camelia, sino que también abriría la puerta para su propio regreso triunfal.
Guardó el prototipo y los bocetos en una caja fuerte portátil que escondía en su cubículo.
Ahora, solo tenía que elegir el momento perfecto para presentar su “súbita inspiración”.

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