El día del desfile, el aire tras el escenario vibraba con una energía caótica y electrizante.
Era un torbellino de modelos medio vestidas, estilistas gritando, maquilladores dando los últimos retoques y asistentes corriendo de un lado a otro como hormigas en un hormiguero a punto de ser pisado.
Thaís estaba sentada en un rincón oscuro, en una caja de equipos vacía, observando.
Era invisible. La pobre y confundida viuda en vida, la exreina de este imperio, ahora relegada a un asiento de espectadora en su propio palacio. Nadie le prestaba atención.
Y eso le daba un poder inmenso.
En el centro de todo el huracán, estaba Camelia.
Disfrutaba cada segundo.
Enfundada en un extravagante vestido de seda fucsia, con una copa de champán en la mano, era la personificación de la arrogancia.
Daba órdenes a diestra y siniestra, criticando el maquillaje de una modelo, ajustando bruscamente el vestido de otra.
—¡Más brillo! ¡Quiero que parezcan diosas sudorosas! —le gritó a un maquillador que la miró con odio.
—¡Ese pliegue! ¿Nadie ve ese pliegue? ¡Parece una cortina vieja! —le espetó a un estilista.
Se movía por el backstage como una déspota, humillando al personal, saboreando un poder que creía merecer.
Un equipo de cámaras la seguía, grabando un documental sobre su “proceso creativo”.
—La clave de esta colección es la audacia —decía a la cámara, con una sonrisa ensayada—. No tener miedo a romper las reglas. A ser fuerte. A ser indestructible.
El jefe de producción, un hombre llamado Miguel al que Thaís había ascendido años atrás y que era uno de sus aliados más firmes, se acercó a Camelia.
—Señorita Rodríguez, cinco minutos.
—Gracias, Miguel —dijo ella, sin siquiera mirarlo.
La cuenta atrás había comenzado.
Thaís se levantó de su caja, alisando su sencillo vestido negro.
Era hora de hacer su movimiento.
La calma antes de la tormenta estaba a punto de terminar.

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