La pasarela era un río de luz blanca. La música electrónica, un pulso hipnótico que marcaba el ritmo de los corazones de los asistentes.
Las modelos desfilaban con una ferocidad estudiada, sus rostros impasibles, sus cuerpos mostrando las últimas creaciones de una marca que luchaba por renacer.
Desde su rincón en la oscuridad del backstage, Thaís observaba todo en un monitor.
Veía a la élite de la moda en primera fila. Editores, compradores, influencers. Y entre ellos, Valentina Ferrer, la bloguera, con su teléfono en la mano, lista para capturar cada detalle.
El desfile se desarrollaba sin contratiempos. Los vestidos, las faldas, los abrigos… todo era correcto, pero sin alma. Eran copias de tendencias, ecos de otras pasarelas.
Pero nadie estaba allí por la ropa.
Estaban esperando los bolsos.
Y entonces, salieron.
La primera modelo apareció con el bolso estrella de la colección. El cuero color marfil brillaba bajo los focos. El asa de resina captaba la luz como una joya.
El público murmuró, admirado.
La modelo caminó por la pasarela. A mitad de camino, hizo un giro brusco, una pose ensayada para mostrar el bolso a los fotógrafos.
Y en ese momento, ocurrió.
CRAC.
El sonido fue casi inaudible por encima de la música, pero el efecto visual fue devastador.
El asa del bolso se partió limpiamente por la base.
El cuerpo del bolso, pesado y lleno, se estrelló contra la pasarela con un ruido sordo. El contenido —un pintalabios, un teléfono, unas llaves— se desparramó por el suelo blanco.
La modelo, una profesional, se quedó helada por una fracción de segundo, el asa rota todavía en su mano como un trofeo inútil.
Hubo un jadeo colectivo en el público.
Los flashes de las cámaras se multiplicaron, un bombardeo de luz capturando el desastre.
En el backstage, el pánico estalló.
—¿¡Qué ha pasado!? —gritó Camelia, su rostro perdiendo todo el color.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, la segunda modelo, que ya estaba en la pasarela, hizo su giro.
CRAC.
El segundo bolso se rompió.
Y luego el tercero.
Y el cuarto.
Era una carnicería. Una ejecución en masa de accesorios de lujo. La pasarela se convirtió en un campo de batalla sembrado de bolsos destrozados y pertenencias esparcidas.
Camelia se quedó paralizada, su rostro una máscara de horror e incredulidad. Su obra maestra, su momento de gloria, se estaba convirtiendo en la humillación más pública y espectacular de la historia reciente de la moda.
—¡Hagan algo! —chilló, al borde de la histeria.
Miguel, desesperado, le hizo una señal a la cabina de sonido.
La música cambió. Una melodía dramática y triunfal llenó el espacio.
Camelia, empujada por Miguel y sin otra opción, salió a la pasarela.
Caminó entre los restos de su colección, su rostro pálido, su sonrisa una mueca forzada.
Llevaba en la mano el único bolso que quedaba intacto.
El suyo.
Hizo su reverencia final, sosteniendo el bolso en alto. Lo sacudió ligeramente, demostrando su solidez.
El bolso no se rompió.
El pequeño pin de hoja de laurel brilló bajo los focos, un diminuto punto de luz en medio de la masacre.
El público no entendía lo que veía, pero estaba hipnotizado.
En el backstage, Valentina Ferrer se acercó a Thaís, sus ojos brillantes de emoción.
—Dios mío… —susurró—. Tú lo sabías.
Thaís la miró, su rostro de nuevo una máscara de inocencia confundida.
—No sé de qué me habla. Solo… tuve un mal presentimiento.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo