La fiesta post-desfile debería haber sido una celebración.
En cambio, fue un funeral.
El ambiente en el lujoso salón alquilado para la ocasión era tenso y silencioso. Los canapés no se tocaban. El champán no se bebía.
Los invitados hablaban en susurros, sus teléfonos móviles brillando en la penumbra mientras leían las crónicas del desastre que ya inundaban internet.
“El Desplome de Renacer: La Colección de Bolsos de Monteverde Lux se Hace Añicos en la Pasarela”.
“¿Fallo de Diseño o Sabotaje? El Misterio del Desfile de Camelia Rodríguez”.
“Un Solo Bolso Sobrevive al Desastre. ¿La Clave está en un Pequeño Pin?”.
Camelia estaba sentada en un sofá apartado, temblando de rabia y humillación. Su extravagante vestido fucsia parecía ahora el disfraz de un payaso trágico. Nadie se acercaba a ella.
Thaís, por otro lado, se había convertido en el centro de atención.
La gente la rodeaba, no con lástima, sino con una nueva admiración.
—Tu instinto fue increíble, Thaís —le dijo uno de los miembros de la junta directiva—. Salvaste el bolso de la diseñadora. Salvaste la imagen de la marca de una catástrofe total.
—No sé… —respondió ella, con su habitual modestia fingida—. Fue solo… una corazonada.
Valentina Ferrer se abrió paso entre la multitud, su grabadora digital ya en la mano.
—Thaís, ¿puedes explicar qué era ese pin? ¿Era parte del diseño original?
—No lo recuerdo —mintió Thaís con una facilidad pasmosa—. Solo sentí que algo faltaba. Fue como un eco… un susurro de un diseño antiguo.
La historia era perfecta. La genio amnésica cuya intuición seguía intacta, canalizando su talento desde las profundidades de su mente rota.
Era poético. Era vendible. Y la prensa lo devoró.
El éxito de la noche no fue la colección, sino la “intuición” de Thaís. Ella se había convertido en la heroína inesperada, la salvadora.
Y Camelia, la villana incompetente.
El teléfono de Thaís vibró. Era un mensaje de Ana.
“Liam está llamando a la oficina como un loco. Lo sabe todo. Va a coger el primer jet que encuentre”.
Thaís guardó el teléfono.
Unos minutos después, el teléfono de Camelia sonó.
Se apartó para cogerlo. Aunque intentó susurrar, su voz era lo suficientemente aguda como para que Thaís, que se había acercado estratégicamente, pudiera oírla.
—¡Liam, fue horrible! ¡Fue un sabotaje! —chilló Camelia—. ¡Fue ella! ¡Estoy segura!
Hubo una pausa mientras Liam respondía desde el otro lado del mundo.
—¿¡Paranoica!? ¿¡Cómo te atreves a llamarme paranoica!? ¡Mi carrera está acabada y tú me llamas paranoica!
Thaís observó cómo el rostro de Camelia se descomponía, pasando de la ira a la desesperación.
—No… Liam, por favor… ¡No me dejes sola!
Hizo una pausa. Thaís esperó, sin decir nada.
—Ese pin… —dijo Liam lentamente, y Thaís pudo imaginarlo al otro lado, sus ojos entrecerrados, las piezas encajando en su mente calculadora—. Era brillante.
No era un cumplido. Era una acusación.
—Tu intuición es… extraordinaria, querida.
Thaís sintió un escalofrío. El juego había cambiado.
Liam ya no la veía como una víctima indefensa.
La veía como una oponente.
—Solo quiero lo mejor para la empresa, Liam —respondió ella con calma.
Hubo otro silencio, largo y tenso.
—Nos vemos mañana —dijo él finalmente, y colgó.
Thaís bajó el teléfono, su mano firme.
La calma en el salón contrastaba con la tormenta que acababa de desatar.
Liam volvería.
Y esta vez, la encontraría preparada.

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