La paranoia de Liam era un veneno que se extendía lentamente por la empresa, pero el mundo exterior seguía girando, ajeno a la guerra silenciosa que se libraba en sus despachos.
Una semana después del desastre del desfile, se celebró la gala benéfica anual del Museo de Arte Moderno, el evento social más importante de la temporada.
Liam, obsesionado con proyectar una imagen de normalidad y control, insistió en que asistieran.
Thaís se puso un vestido de seda negro, simple y elegante, que la hacía parecer aún más delgada y frágil. Era el atuendo perfecto para una viuda en vida.
Camelia, por el contrario, llevaba un vestido de lentejuelas doradas tan ajustado que apenas podía respirar, un intento desesperado por recuperar la atención y el glamour que había perdido.
Apenas entraron en el abarrotado salón, las miradas se posaron sobre ellos. Los susurros los siguieron como una estela invisible.
Thaís mantuvo su papel, aferrada al brazo de Liam, sus ojos bajos, como si la multitud la abrumara.
Fue entonces cuando Diego Salazar, el mejor amigo de Liam, se acercó a ellos, con una copa de champán en la mano y una sonrisa burlona en los labios.
—Liam, amigo mío. Y la bella Camelia —dijo, ignorando a Thaís por completo—. Recuperándose de la pequeña… catástrofe, veo.
—Fue un fallo del proveedor, Diego. Ya está solucionado —respondió Liam, su mandíbula tensa.
Diego finalmente posó sus ojos en Thaís.
—Y aquí está nuestra heroína. La bella durmiente. ¿Has tenido alguna otra “corazonada” últimamente, Thaís? ¿O tu cerebro sigue de vacaciones?
La humillación fue directa, pública y cruel. Varias personas a su alrededor contuvieron la risa.
Thaís levantó la vista, sus ojos muy abiertos, como un ciervo asustado.
—Yo… no entiendo —susurró, su voz temblorosa.
—Claro que no entiendes —se burló Diego—. Esa es tu nueva especialidad, ¿no? Poner cara de confusión y dejar que los demás resuelvan tus problemas.
Liam, para sorpresa de Thaís, intervino.
—Ya basta, Diego. No es el momento.
—Solo estoy bromeando, hombre —dijo Diego, aunque su tono no tenía nada de divertido—. Hay que admitir que es una buena estrategia. Si yo fuera tú, también fingiría amnesia para no tener que aguantar a…
No terminó la frase, pero la pulla iba dirigida claramente a Camelia, a quien miró con desdén.
Thaís no esperó a oír más. Se dio la vuelta y se alejó rápidamente, como si estuviera a punto de llorar, buscando refugio en los jardines del museo.
La actuación fue perfecta. Hizo que Diego pareciera un matón y que Liam y Camelia quedaran en una posición incómoda.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo