La suite del St. Regis era impersonal y lujosa, el escenario perfecto para la reunión.
Thaís había llegado una hora antes. Había revisado la sala en busca de micrófonos, había planeado sus rutas de escape. No dejaba nada al azar.
Cuando llamaron a la puerta a las tres en punto, su corazón estaba tranquilo. Estaba preparada.
Abrió la puerta.
Roberto Márquez estaba allí, solo, tal y como ella había pedido.
Entró en la sala y sus ojos recorrieron el espacio, evaluándolo con la misma rapidez con la que ella lo había hecho.
—Un lugar… discreto —dijo, a modo de saludo.
—La discreción es nuestro mayor activo —respondió ella, señalándole una silla.
Ella no se sentó. Se quedó de pie, junto a la ventana, dándole la espalda a la luz. Una posición de poder.
—Gracias por venir.
—Gracias por la invitación. Aunque debo decir que su método es poco ortodoxo. Usar el calendario de su marido…
—Quería asegurarme de que entendía el nivel de acceso que poseo.
Roberto asintió, una sonrisa fugaz en sus labios.
—Mensaje recibido.
Se hizo el silencio. Él esperaba que ella hablara.
—Quiero establecer las reglas de nuestra… colaboración —dijo Thaís finalmente, su voz fría y profesional.
—Soy todo oídos.
—Esto es una alianza de negocios. Nada más. Nuestro objetivo es el mismo: la destrucción empresarial de Liam Moreno. Yo le proporciono la información. Usted la utiliza para atacar. Los beneficios que usted obtenga son suyos. Mi pago es la ruina de mi marido.
Fue directa, brutal. Quería dejar claro que no había lugar para los sentimientos ni para la ambigüedad.
—Segundo —continuó—, no habrá más contacto directo después de hoy. Toda la comunicación será a través del correo de Casandra. Sin llamadas. Sin reuniones.
—Tercero, y más importante. Mi identidad no existe. Casandra es una fuente anónima. Si en algún momento, usted revela, o incluso insinúa, quién soy, nuestra alianza termina. Y toda la información que poseo sobre las vulnerabilidades de Márquez Holdings se filtrará a la prensa. ¿Está claro?
La amenaza era velada, pero inequívoca. Le estaba recordando que la destrucción era un arma de doble filo.
Roberto la escuchó sin interrumpir. Su rostro era una máscara de serenidad, pero sus ojos grises la estudiaban con una intensidad que la inquietó.



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