La oscuridad de la noche se hacía más profunda al otro lado de la ventana, mientras que la temperatura en la habitación seguía subiendo.
Aunque la luz era tenue, los ojos del hombre brillaban intensamente. Incluso mientras la besaba, quería tener a la vista cada expresión de la mujer entre sus brazos.
Micaela Arias se dio cuenta y, estirando la mano, le cubrió los ojos para impedirle mirar.
El hombre dejó escapar una risita grave y su nuez de Adán se movió.
—¿No me dejas verte?
Micaela se quedó callada, limitándose a presionarle la mano contra los ojos un poco más fuerte. Las densas pestañas del hombre rozaron su palma como un abanico de plumas, provocándole un ligero cosquilleo.
Gaspar Ruiz bajó la cabeza y dejó un beso en su cuello, luego en el lóbulo de la oreja, bajando por la mandíbula.
Cada roce venía cargado de una intención abrasadora. Micaela sentía la tensión en el cuerpo de él, esa fuerza contenida que parecía a punto de estallar en cualquier instante, lo que hizo que su propia respiración se acelerara.
Casi por inercia, la mano de Micaela perdió fuerza. El hombre levantó la mirada, revelando unos ojos que parecían esconder a una fiera al acecho, a punto de romper su jaula.
—Mica... —murmuró, mientras con sus manos grandes la sujetaba por las delgadas muñecas para inmovilizarlas por encima de su cabeza, dejándola a su merced.
Los besos del hombre se volvieron lentos, suaves y extremadamente cautivadores.
Al terminar, él se apoyó sobre los brazos y la miró desde arriba, como si estuviera admirando una obra de arte invaluable, capturando cada mínimo gesto de la mujer bajo él.
Cuando volvió a inclinarse, ya no hubo titubeos, sino una necesidad de posesión casi invasiva. Sus labios recorrieron la clavícula de Micaela, y el calor de sus manos se extendió por cada centímetro de su suave piel.
—Mica... —la llamó con la voz ronca.
—¿Mhm? —respondió Micaela.
—Eres mía.
El hombre no solo lo reclamó con palabras, sino que se dedicó a demostrarlo físicamente.
Esa noche fue larga e intensa.
***
A la mañana siguiente.
Era fin de semana.
No tenían prisa por regresar a la ciudad y no fue sino hasta las dos de la tarde que emprendieron el camino de vuelta. Pilar Ruiz seguía pasando el fin de semana en la mansión Ruiz, y Gaspar le había pedido a Micaela que lo acompañara hasta allá, diciendo que tenía algo importante que hablar con ella.
Gaspar no dio detalles en el camino y Micaela tampoco insistió. Al llegar a la mansión Ruiz, Pilar estaba andando en bicicleta por el jardín y, al ver aparecer a sus padres juntos, corrió a recibirlos muy contenta.
—¡Papá, mamá!
Micaela vio a su hija pedalear con destreza. Llevaba en la canastilla un ramo de flores recién cortadas y le preguntó con una sonrisa:

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