—Para nada.
—Mejor lo platicamos en persona mañana o pasado. Ya es algo tarde, ve a descansar. —Al final, Ramiro decidió terminar la llamada.
Micaela no tuvo de otra que acceder.
—Está bien. Nos vemos después.
Colgó la llamada, tomó otro sorbo de agua y echó un vistazo a la hora: eran las diez de la noche.
Al subir, escuchó el sonido de la regadera viniendo desde el baño del cuarto de huéspedes; Gaspar se estaba bañando allá.
Micaela entró al estudio y apagó la computadora. Ya se había bañado también, pero aún no tenía sueño, así que se sentó en la sala de estar de la segunda planta con la intención de leer un rato.
Poco después, Gaspar salió con pijama puesta y se acercó secándose el cabello. Al ver a la mujer bajo la luz de las lámparas, leyendo un libro, un destello juguetón apareció en su mirada.
—¿Ya terminaste de platicar con Ramiro? —había un claro rastro de burla en su voz.
—Ya terminé. —Micaela levantó la vista para lanzarle una mirada de reproche.
Gaspar se secaba el pelo mojado mientras caminaba hacia ella. Habiendo un sofá tan grande, a fuerzas tuvo que sentarse pegado a Micaela, clavando sus intensos ojos en ella sin disimulo.
Micaela apenas se estaba metiendo en la lectura y de nuevo él la interrumpía. Le dio un ligero empujón.
—Vete a descansar. Todavía no me quiero ir a dormir.
Gaspar estiró el brazo largo y la atrajo hacia él.
—¿No puedes dormir?
Micaela notó al instante la intención en su tono de voz. Sintió cómo le ardía la cara y bajó la mirada.
—Vete a dormir.
La mirada de Gaspar se llenó de un intenso deseo y picardía.
—Te espero.
Dicho esto, se puso de pie y bajó a la cocina. No tardó en regresar con un vaso de leche caliente, el cual le entregó a Micaela.
—Toma, te va a ayudar a conciliar el sueño.
Micaela lo aceptó. Gaspar se sentó a su lado y encendió la televisión para poner un partido en silencio. Las noches de otoño eran heladas y Micaela acercó los pies fríos hacia las piernas de él; Gaspar la arropó contra su pecho con delicadeza, dándole calor.



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