Sin embargo, el hombre la tomó de la cintura y depositó un beso en su frente.
—¿Estoy guapo?
Micaela se rio y lo empujó.
—¡Ya no des lata! Vámonos a correr.
Salieron de la casa acompañados por Pepa y comenzaron a trotar por el sendero peatonal a las afueras del fraccionamiento. La mañana otoñal era algo fría, pero el sol brillaba bonito y dejaba una sensación cálida sobre la piel. El suelo estaba cubierto por una alfombra de hojas secas, dándole al lugar una vibra muy pintoresca.
Después de recorrer dos kilómetros, Micaela empezó a caminar para recuperar el aliento. Se sentaron juntos en una banca y Micaela se recargó en el hombro de Gaspar. Al ver a varias personas mayores haciendo ejercicio a lo lejos, una extraña sensación de calma la invadió.
Gaspar siguió su mirada y observó a una pareja de viejitos caminando despacio, tomados de la mano.
Gaspar sonrió y le preguntó:
—¿Crees que cuando seamos viejitos seremos como ellos?
Micaela curvó ligeramente los labios.
—Tal vez.
Gaspar de repente le tomó la mano, cubriéndola con la suya.
—A partir de hoy, no te voy a soltar la mano hasta que seamos viejos.
Micaela bajó la vista hacia sus manos entrelazadas y se quedó paralizada por un momento. Luego levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Todavía no te he dicho que sí vayamos a volver a casarnos.
La sonrisa de Gaspar se congeló un segundo antes de que sus ojos se llenaran de una chispa aún más divertida. Le besó el dorso de la mano y cuestionó:
—Entonces, ¿qué papel pretende darme la doctora Micaela?
Micaela no respondió y se quedó mirándolo.
El hombre no se apuró en recibir respuesta, simplemente le devolvió la mirada. La luz del sol bañaba su rostro y delineaba sus facciones dándole un aire sumamente gentil.
—Amante está bien —ofreció Gaspar de pronto—. Seré tu amante toda la vida.
Micaela no supo qué decir.
—Con tal de que me dejes estar a tu lado, cualquier título me sirve —agregó él.
Micaela sintió una emoción difícil de describir en el pecho.
¿Desde cuándo este hombre había decidido ponerse en una posición tan sumisa?
Pero en un abrir y cerrar de ojos, la mirada de Gaspar cambió por una seria y demandante.
—Pero como ahora soy el hombre de la doctora Micaela, tienes que tomarme en serio.
Micaela se rio en silencio por el comentario.
—Eres un hombre libre, nadie te tiene amarrado.
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