Al sentir la intensa mirada del hombre clavada en ella, Micaela de repente cayó en cuenta de lo que había dicho, apartó la vista y sintió cómo le ardían las orejas.
—De nada —murmuró, para luego apresurar el paso hacia adelante.
Atrás, el hombre soltó una carcajada mientras corría para alcanzarla y tomarle la mano.
—Entonces voy a asumir que te harás responsable de mí toda la vida.
Micaela, acorralada y sin salida, no tuvo de otra que mirarlo, pero no contestó; tan solo sonrió con los ojos llenos de ternura y resignación.
Gaspar se quedó mirándola por un segundo antes de abrazarla, envolviéndola fuerte entre sus brazos.
En eso, Pepa llegó corriendo hacia ellos con la correa en el hocico y la cola moviéndose de un lado para otro.
Gaspar tomó la correa con una mano y con la otra agarró la mano de Micaela para seguir caminando a la distancia.
El lunes, Micaela iba manejando hacia el laboratorio. Apenas llevaba un rato en camino cuando sonó el celular.
Era Franco.
—Bueno, señorita Micaela, ¿no va a venir hoy a la junta de accionistas?
Micaela había visto el correo que le envió, pero no tenía pensado asistir. Aun así, preguntó:
—¿Ha pasado algo importante que requiera mi presencia?
—Lo que pasa es que en la junta de hoy se votará una propuesta de actualización para el proyecto del hotel, algo clave para el desarrollo futuro de nuestro negocio. En este momento, los votos a favor y en contra están divididos por igual y necesitamos el apoyo de tres accionistas fundamentales.
Franco añadió:
—Aunque el señor Ruiz sin duda abogará por nosotros, si usted también asiste, señorita Micaela, estoy seguro de que los accionistas tendrán más confianza en nuestro proyecto.
Por el tono de voz de Franco, Micaela entendió la gravedad del asunto.
—De acuerdo, voy para allá —respondió.
—Entendido. La espero en la sede principal del Grupo Ruiz.
Aunque a Micaela no le gustaban mucho ese tipo de reuniones, era consciente de que esas ocho empresas, aunque ella no las administrara directamente, no podían quedar a la deriva por su parte. En momentos importantes, ella tenía que dar la cara.
Micaela dio la vuelta y se dirigió a las oficinas corporativas del Grupo Ruiz.
Media hora más tarde, llegó al Edificio Ruiz.
Apenas entró al vestíbulo de la planta baja, se topó de frente con un hombre vestido de traje. Era Abelardo.
El tío de Gaspar.
Al recordar el teatro que había hecho la esposa de ese sujeto en el funeral de Florencia, Micaela siempre le había tenido cierto desprecio a ese lado de la familia.
Antes de que pudiera evitarlo, Abelardo ya había esbozado una sonrisa que escondía dobles intenciones.
Acto seguido, la miró por encima del hombro.
—Si no planea darle un heredero, mejor deje de buscarlo. Dejar a la familia Ruiz sin descendencia es un asunto muy grave y no va a ser fácil justificarse frente a los demás.
Apenas Abelardo cerró la boca, se abrieron las puertas del elevador.
Micaela no dijo ni una palabra más; salió sin siquiera molestarse en dirigirle la mirada.
Abelardo, que iba atrás, mostró un gesto de disgusto y le dijo al asistente levantando mucho la voz:
—¡Qué bárbaro con los jóvenes de hoy! No tienen ni una pizca de educación.
El asistente, sin dudar, le dio por su lado:
—Tiene toda la razón, jefe.
Micaela llegó a la puerta de la sala de juntas, donde Franco la estaba esperando. Al verla acercarse, se apuró a recibirla.
—Señorita Micaela, qué bueno que llegó.
Micaela miró su reloj. Faltaban pocos minutos para iniciar, pero algunos accionistas ya estaban sentados en sus lugares. Abelardo rebasó a Micaela soltando un resoplido de desdén y entró primero a la sala.
Franco notó la clara antipatía del hombre, volteó a ver a Micaela y le sugirió en voz baja:
—Señorita Micaela, ¿cree que debamos esperar a que llegue el señor Ruiz para entrar?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorciada: Su Revolución Científica
Hermosa novela, me encanto....