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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1630

Abelardo siempre había sido un hombre orgulloso y arrogante. ¿Cómo iba a soportar que alguien más joven lo humillara de esa manera frente a todos los accionistas?

Aunque sabía que las consecuencias serían graves, estaba dispuesto a defender su orgullo hasta el final. Se puso de pie de un salto, miró a Gaspar y luego clavó una mirada furiosa en Micaela.

—¡Gaspar! ¡Sé muy bien por qué la traes contra mí! ¡Es por esta Micaela que tienes al lado, ¿verdad?!

Abelardo soltó una risa burlona.

—Lo único que hice fue darte un buen consejo: que buscaras otra esposa para asegurar la descendencia de la familia Ruiz y formar una familia numerosa. Aunque regreses con tu exmujer, ella ya no te va a dar ni un solo hijo más. ¿Qué tiene de malo lo que dije?

En cuanto Abelardo terminó de hablar, un silencio sepulcral invadió la sala de juntas.

Todos lanzaron una mirada fugaz hacia Micaela y rápidamente desviaron la vista, aterrados de provocar a Gaspar.

Abelardo, sin embargo, continuó:

—Y no solo te lo digo en tu cara, también se lo diría a tu madre sin dudarlo. ¡La familia Ruiz necesita herederos! ¡Tú necesitas un sucesor digno! ¿Crees que te lo digo por fastidiar? ¡Es por el bien de todos!

Micaela no se esperaba que Abelardo se pusiera a hablar de esos temas en plena junta directiva. Tomó su vaso de agua y le dio un sorbo ligero, pero sintió cómo la atmósfera a su lado se volvía asfixiante.

No pudo evitar levantar la vista para ver la reacción de Gaspar. Sus ojos se habían vuelto gélidos.

—Señor Serrano, ya déjelo ahí. Al fin y al cabo, son asuntos privados de la familia Ruiz. No creo que debamos... —trató de mediar uno de los accionistas.

—¡Exacto! El señor Ruiz seguramente ya tiene sus propios planes, no hace falta meterse. ¡Mejor continuemos con la junta! —agregó otro, intentando apaciguar las cosas.

Pero Abelardo de pronto señaló a Micaela con el dedo.

—Micaela, te lo pregunto directo: si vuelves con Gaspar, ¿estarías dispuesta a darle otros dos hijos a la familia Ruiz? Especialmente un varón.

Gaspar dio un fuerte puñetazo en la mesa. Acto seguido, la rodeó y caminó a paso lento y firme hacia Abelardo.

El ruido del golpe sobresaltó a todos los presentes; a más de uno casi se le sale el corazón.

Vieron a Gaspar avanzar hacia Abelardo con una expresión aparentemente calmada que ocultaba una furia devastadora.

A veces, cuando un hombre está en el límite absoluto de su ira, su rostro no muestra ninguna emoción.

Cada paso de Gaspar parecía resonar en el pecho de Abelardo, quien instintivamente retrocedió. Al sentir la silla detrás de él, se quedó paralizado.

—Gas... Gaspar, ¿qué pretendes hacer? —intentó apelar a su cordura, pero la voz le temblaba.

Abelardo dio otro paso atrás, sus rodillas chocaron contra el asiento y cayó sentado de golpe, muerto de miedo.

Gaspar se detuvo frente a él y lo miró desde arriba, imponente.

—¿Qué acabas de decir? —Su tono era grave, con la inquietante calma que precede a la tormenta—. Repítelo.

Abelardo tragó saliva y, sacando valor de donde no tenía, respondió:

—Dije... que Micaela ya no te puede dar hijos, y la familia Ruiz se va a quedar sin herederos...

No alcanzó a terminar la frase. Gaspar lo agarró por la corbata y lo levantó de la silla de un solo tirón.

Micaela se puso de pie al instante y lo llamó, angustiada:

—¡Gaspar!

Gaspar ni siquiera volteó; mantuvo los ojos clavados en el rostro de Abelardo, que rápidamente se ponía rojo por la falta de aire.

Al llegar frente al elevador, Gaspar se detuvo de repente y la envolvió en un abrazo.

—Mica... —murmuró, con la voz un poco ronca.

Micaela recargó la mejilla en su pecho, escuchando los latidos acelerados de su corazón.

—Perdóname por hacerte pasar por este mal rato.

Micaela suspiró suavemente, se separó un poco y lo miró a los ojos.

—No vale la pena que hagas corajes por gente así ni por estos comentarios.

Gaspar apretó los brazos, aferrándose a ella con más fuerza.

—Nadie tiene derecho a opinar sobre nuestra relación.

—A mí no me importa lo que digan los demás. A ti tampoco debería importarte —respondió ella con suavidad.

Debía admitir que al verlo perder los estribos de esa manera, se había asustado un poco por él.

En ese momento sonó la campana del elevador. Las puertas se abrieron, y Gaspar la hizo pasar mientras contestaba:

—Está bien, ya me calmo.

Mientras tanto, de vuelta en la sala de juntas, uno de los accionistas intentó darle un último consejo a Abelardo, quien seguía pálido y plantado en su lugar.

Abelardo, echando chispas, se ajustó el saco y murmuró:

—Uno intenta hacerles un favor y termina llevándose la peor parte. ¡Qué bárbaro!

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