Otro accionista no pudo aguantar la curiosidad:
—¿Y de dónde sacas que Micaela ya no le va a dar hijos al señor Ruiz?
Abelardo se quedó mudo por un segundo. Él no tenía ni idea, solo estaba repitiendo los chismes y suposiciones de su esposa.
Otro socio le dio unas palmadas en la espalda.
—El señor Ruiz y Micaela están muy jóvenes. Si quieren, pueden encargar cuando se les dé la gana. ¿Para qué te metes en lo que no te importa?
Abelardo se quedó callado. Recordó la seguridad con la que su esposa le había asegurado sus teorías y, de pronto, no supo qué responder.
Se dio cuenta de que todo este teatro había sido por culpa de su mujer.
—Además, con la tecnología de hoy, aunque ella no quiera embarazarse, hay miles de opciones, ¿no?
—Oigan, ¿será que el señor Ruiz y Micaela de verdad se van a casar de nuevo?
—Por cómo la defendió hace rato, yo digo que no tardan.
—Si regresan, nos conviene a todos. Tener a alguien brillante como Micaela liderando el sector biológico es un pase seguro para crecer muchísimo.
Y con ese comentario, salió a relucir el instinto oportunista de los presentes. Todos empezaron a sonreír, encantados con la idea. Si la futura esposa del jefe era una mente maestra de la ciencia, ¿qué más podían pedir?
La cara de Abelardo estaba cada vez más roja de furia. Por muy exitoso que fuera el futuro del Grupo Ruiz, él ya no tendría nada que ver en eso.
Escuchaba a los demás hablar maravillas de los logros de Micaela, imaginando las ganancias millonarias del área científica y celebrando lo mucho que la empresa se beneficiaría si ella y Gaspar volvían a estar juntos.
Sentía que estaba sentado sobre brasas.
Por supuesto, nadie se molestaba en mirarlo. Ya era prácticamente un fantasma para ellos.
Abelardo apretaba y soltaba los puños, completamente perdido ante lo que le deparaba el futuro.
Un accionista con el que se llevaba más o menos bien se le acercó y le palmeó el hombro.
—¡Mira, Abelardo! Te lo digo como compa: vende tus acciones por tu cuenta. Sal de aquí con algo de dignidad.
Abelardo volteó de golpe para fulminarlo con la mirada.
El hombre soltó una risa nerviosa y prefirió callarse. Uno a uno, los demás recogieron sus cosas y salieron. Abelardo se quedó mirando el reporte financiero con la cifra fatal en la hoja.
Mil millones de pérdidas.
Todo el trabajo de su vida se había ido a la basura.
Se levantó indignado y salió hacia el elevador. Justo al entrar, sonó su celular. Era su esposa.
Contestó sumamente irritado, y la voz de Elvira se escuchó al otro lado de la línea:
—Abelardo, en la tarde voy a ir a la casa de mi prima. Aprovecharé para llevar a Lourdes de visita.
Abelardo empezó a temblar del coraje.
—¡Cállate la boca, Elvira! ¡Mira nada más el problemón en el que me acabas de meter!
—¿Ahora qué hice?
—En la casa ajustamos cuentas —gruñó, y le colgó el teléfono.
Mientras tanto, Gaspar llevó a Micaela a su oficina y la sentó en el sofá. Recorrió el rostro de la mujer con la mirada.
—Lo que dije hace rato... no te lo tomes tan a pecho. Me dejé llevar por el coraje.
Micaela soltó una pequeña risa.
—Tranquilo, no me ofendí.
—¿De verdad? —preguntó Gaspar, sin estar muy convencido.
—Lo que diga la gente de afuera no me afecta en lo absoluto. —Micaela dio un par de palmadas en el asiento a su lado—. Siéntate y platicamos.
Gaspar se acomodó a su lado y ella se giró a verlo:
—Con lo de Abelardo, por favor manéjalo con calma. Trata de mantener la cabeza fría.
Gaspar asintió.

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