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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1633

Justo antes de entrar al quirófano, Gaspar se giró hacia Micaela.

—Espérame.

—Sí, aquí estaré.

Gaspar se inclinó, le dio un beso en la frente y entró al quirófano con paso firme.

La puerta se cerró.

Micaela se quedó en el pasillo. Mirar esa puerta cerrada le provocó un acelerón inexplicable en el pecho.

—Señorita Micaela, preparamos café y unas botanas en el área de descanso. ¿Quiere pasar a tomar algo? —se acercó a preguntar Enzo.

Micaela asintió. Fue hacia la sala de espera, sacó su celular e intentó leer algo para distraerse, pero le costaba muchísimo concentrarse.

Veinte minutos.

Media hora.

Casi una hora después.

Por fin, las puertas del quirófano se abrieron.

Gaspar salió en una silla de ruedas. Estaba un poco pálido, pero se veía de buen humor.

Lo llevaron a una habitación privada para que reposara. El personal médico dio un par de indicaciones y los dejó a solas.

Micaela se sentó en la orilla de la cama y no aguantó las ganas de preguntar:

—¿Te duele?

Gaspar sonrió y negó con la cabeza.

—No me duele nada.

Micaela sabía que, en cuanto pasara el efecto de la anestesia, seguro sentiría molestias.

—¿Te preocupaste por mí? —le preguntó Gaspar con una sonrisa en los ojos.

Micaela asintió.

Gaspar de pronto habló con voz ronca:

—Entonces luego me compensas.

Micaela se quedó atónita por un segundo y le lanzó una mirada fulminante.

—¡No manches, acabas de salir de esto y ya estás de payaso!

El hombre no pudo evitar reírse a carcajadas.

Durante la semana siguiente, Gaspar se quedó descansando y trabajando desde casa.

Micaela, por su parte, volvió a enfrascarse en el trabajo del laboratorio. A veces le tocaba hacer horas extras, pero procuraba regresar temprano para estar con su hija.

Esa misma semana, Damaris Quintana y Adriana Ruiz terminaron de mudarse al mismo fraccionamiento. La más emocionada era Pilar, ya que ahora podría ir a jugar a casa de su abuela después de la escuela.

Damaris contrató a dos empleadas domésticas especializadas solo para prepararle las comidas a Pilar.

Al ver que el hombre de verdad esperaba a que le diera de comer, soltó un suspiro de resignación. Tomó el tazón, sacó una cucharada, le sopló un poco y se la acercó a los labios.

Él abrió la boca obedientemente y se tragó el caldo sin quitarle los ojos de encima.

Después de unos cuantos bocados, Gaspar agarró la onda y tomó el plato para seguir comiendo por su cuenta, mientras Micaela se quedaba a su lado viendo el partido.

Al terminar, Micaela intentó levantarse para llevarse el plato, pero él la sujetó por la cintura, inmovilizándola al instante.

—Gaspar, ya, bájale.

—Mica… —murmuró él, hundiendo el rostro en su vientre con tono frustrado—. Empiezo a sospechar que nos equivocamos con este tiempo de abstinencia.

Micaela se sorprendió un segundo antes de soltar una risita.

—Ni se te ocurra hacer locuras.

—Tenerte aquí todos los días y no poder tocarte es una tortura —se quejó el hombre, con la voz ahogada contra su blusa.

—Hazle caso al médico y no andes pensando en tonterías.

—Quédate a dormir conmigo hoy. Ven a mi lado —Gaspar levantó la mirada, suplicante.

Micaela le acarició el cabello. Bajo la luz, se notaba que las raíces negras de su cabello natural estaban brotando con fuerza; era cuestión de tiempo para que el Gaspar de cabello oscuro regresara por completo.

—Aguántate un poco más. El doctor dijo dos semanas, pero yo te recomiendo que te esperes un mes.

Él dejó escapar un largo suspiro y volvió a hundir el rostro en su abdomen.

—Ya sé.

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