Micaela recibió la notificación de un viaje de negocios que duraría una semana. Se trataba de un congreso de intercambio de proyectos en el Instituto de Ciencias. El correo había llegado el mes anterior, pero Micaela no se lo había mencionado a Gaspar.
—Me voy de viaje el lunes. Estaré fuera más o menos una semana.
El hombre levantó la vista de golpe.
—¿De viaje? ¿A dónde?
—A Villa Fantasía. Hay un congreso en el Instituto de Ciencias y necesito estar ahí.
Gaspar frunció el ceño de inmediato.
—¿Una semana? ¿Me vas a dejar aquí tirado una semana entera?
Micaela soltó una carcajada incrédula.
—¿Dejado aquí tirado? ¡Si tu mamá y tu hermana se acaban de mudar! ¿Cuál soledad? ¡Ah! Y también tienes a tu hija.
Gaspar se quedó sin argumentos, pero la inconformidad estaba pintada en su cara con letras mayúsculas.
—¿Cuándo te vas? —murmuró entre dientes.
—Seguramente el domingo en la tarde.
—Pero te necesito —Gaspar la abrazó con fuerza, como un niño haciendo berrinche—. Soy un enfermo convaleciente, no puedes abandonarme.
Micaela bajó la mirada para verlo. ¿En qué momento este hombre se había vuelto como un chicle?
—Trataré de regresar lo más pronto posible —fue lo único que pudo decirle para consolarlo.
Faltaban tres días para el fin de semana. Micaela estuvo organizando sus pendientes en el laboratorio y haciéndose tiempo para llevar a su hija a andar en bicicleta y a caminar. En cuanto a lo académico, procuraba no presionarla demasiado.
Gaspar siguió al pie de la letra las indicaciones médicas para su recuperación, pero era evidente que el viaje de Micaela a Villa Fantasía lo traía de malas.
A fin de cuentas, Villa Fantasía parecía estar ligada a puros recuerdos perfectos para ella.
El sábado por la mañana, cuando Pilar escuchó que su mamá iba para allá, lo primero que se le vino a la mente fue una persona en particular. Inclinó la cabecita y preguntó:
—Mamá, ¿vas a ver al señor Villegas allá en Villa Fantasía?
Micaela se pasmó un segundo. Desde el sofá, una mirada láser ya se le había clavado encima.
—No creo, mi amor. Debe de estar en la base, y no es fácil ir a visitarlo ahí —le explicó a su hija.
—¡Ay, qué ganas de volver a jugar en la base del señor Villegas! Mamá, cuando vayas de trabajo a su base, ¡llévame contigo! —Pilar, acostumbrada a la ciudad, extrañaba muchísimo la experiencia de aquella visita.
Micaela sonrió y asintió.
—Claro, algún día. Ándale, ve a jugar.
Pilar llamó al perro.
—¡Pepa, vamos al pasto a jugar a la pelota!
Con la salida de Pilar, el ambiente en la sala se volvió algo pesado. Micaela se preparó una taza de té de manzanilla con la intención de subir a trabajar un rato.
Mientras tanto, el hombre recostado en el sofá ya no estaba prestando la más mínima atención al partido.
—¿Me pasas mi medicina, por favor? —le pidió Gaspar.
Micaela lo miró sorprendida.
—¿No te la has tomado?
—No —negó él con la cabeza.
Micaela fue por las pastillas y un vaso de agua. Cuando se los entregó, Gaspar la miró directamente a los ojos.
—¿Cómo sabes que no está en Villa Fantasía? ¿Se escriben a escondidas?
Era obvio que Micaela ya se esperaba el reclamo. Se sentó a su lado.
—No nos hemos escrito. Lo supuse. Alguien con el rango de Anselmo Villegas no sale de la base nomás porque sí.

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