Esa noche, Micaela se durmió bastante tarde. Entre sueños, escuchó el timbre de la habitación. Abrió los ojos y revisó la hora: apenas eran las ocho y media de la mañana. Se levantó, fue hasta la puerta y miró por la mirilla. Se quedó pasmada.
Afuera estaba una de las caras que mejor conocía en el mundo.
Abrió la puerta de inmediato. Gaspar llevaba un abrigo gris oscuro y traía el cansancio del viaje reflejado en los hombros. Al verla, las comisuras de sus labios se elevaron.
—¿Llego en mal momento?
—¿Qué… qué haces tú aquí? —Micaela asomó la cabeza hacia el pasillo.
—Vine solo, Pilar se quedó en la casa. —Gaspar entró, la atrapó entre sus brazos de inmediato y hundió el rostro en su cabello, inhalando su aroma—. Te extrañaba demasiado y vine.
Micaela se dejó abrazar, aunque no dudó en regañarlo.
—Aún no estás recuperado al cien, ¿por qué andas de un lado a otro?
Gaspar soltó un bufido ofendido.
—¿Acaso no te preocupas por mí? Ya van dieciséis días, ya superé el tiempo de recuperación.
Micaela andaba tan apurada con el trabajo que la verdad no se había puesto a contar los días con exactitud.
—¿Ya fuiste a checar tu progreso al médico? ¿Todo en orden?
—Sí, todo salió perfecto. —La miró de arriba abajo con una chispa juguetona—. Aunque para estar completamente seguros de que no hay ningún problema, tendríamos que ponerlo en práctica.
Micaela rodó los ojos y soltó una carcajada. Trató de soltarse, pero él la sujetó fuerte y le robó un beso largo y profundo.
Micaela trató de cubrirse la boca.
—Aún no me lavo los dientes…
—No me importa. —El hombre le sujetó la mano y la besó con urgencia.
Fue un beso suave y eterno, lleno de la nostalgia y el deseo de todos esos días separados.
Mucho tiempo después, Gaspar la soltó a medias. Apoyó su frente contra la de ella.
—¿Me extrañaste?
Micaela vio esos ojos oscuros a milímetros de los suyos y, conmovida porque hubiera tomado un vuelo solo por ella, lo rodeó del cuello.
—Sí.
Gaspar sonrió y le dio un piquito más.
—Ya, bájale, todavía no termino de empacar todo —dijo Micaela dándole un leve empujón.
Pero él no la soltó; de hecho, la abrazó más fuerte y le susurró al oído:
—No hay prisa, el avión sale hasta en la tarde.
—Bueno, terminando de desayunar vamos a comprarle algún detalle a Pilar —propuso Micaela. Había querido comprarle algo todos esos días, pero el congreso la había tenido secuestrada.
—Sale —dijo Gaspar con una ligera risita.
Después de desayunar, salieron juntos del hotel. Ni siquiera necesitaron pedir un carro; a un par de cuadras comenzaba un andador turístico bastante colonial lleno de toda clase de tiendas.
Gaspar le tomó la mano, disfrutando una caminata relajada que rara vez podían permitirse.
La luz de la mañana se reflejaba sobre los antiguos tejados de cantera. A los costados, las tienditas ofrecían una enorme variedad de artesanías y juguetes. El humor de Micaela se aligeró por completo.
Últimamente, si no estaba en el laboratorio, estaba en camino a él. Ni siquiera había tenido tiempo de comprarle la ropa de temporada a Pilar.
Entraron a una tienda repleta de juguetes tradicionales de madera. Micaela escogió algunos mientras Gaspar se adelantaba a la caja a pagar y a cargar las bolsas.
Al salir, Micaela vio un carrito de churros en la esquina de la plaza. Hacía años que no comía uno. Se quedó parada viéndolo; un par de muchachas con sombreros de turista estaban pagando sus raciones, y en el aire flotaba un delicioso aroma a masa frita y canela. Gaspar captó la indirecta en el acto, caminó hacia el puesto y regresó para entregarle en la mano un churro enorme relleno de cajeta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorciada: Su Revolución Científica
Hermosa novela, me encanto....