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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1638

A la mañana siguiente, Gaspar se encargó de llevar a su hija a la escuela, mientras que Micaela se dirigió al laboratorio.

Cuando ella llegó, Tadeo ya estaba ahí.

—Buenos días, Micaela —saludó levantando la cabeza. Tenía unas ojeras tremendas—. Procesé todos los datos que me mandaste ayer por la noche.

Micaela se puso la bata blanca y se acercó a él.

—¿Cuáles fueron los resultados?

Tadeo se hizo a un lado y señaló el gráfico en la pantalla. Su voz temblaba de emoción.

—Mira esto, coincide perfectamente con la anomalía que habíamos encontrado. Además, hice tres pruebas de confirmación con el nuevo equipo y esta curva apareció de manera estable en todas ellas.

Micaela se quedó mirando la pantalla, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso. Empezó a abrir varios grupos de datos para cotejarlos.

Diez minutos después, se dejó caer contra el respaldo de la silla y soltó un largo suspiro.

—Tadeo...

—Micaela, tu hipótesis era correcta. Este descubrimiento es digno de un premio Nobel.

Micaela se quedó sin palabras. No dejaba de mirar aquella curva familiar en la pantalla, sintiendo un nudo en la garganta.

—Lo lograste. De verdad lo lograste —le dijo Tadeo, mirándola con gran emoción.

Micaela alzó la vista hacia él.

—Nosotros lo logramos... es mérito de todo el equipo.

Tadeo se rascó la nuca y sonrió tímidamente.

—Es un honor para mí formar parte de tu equipo.

En ese momento, Verónica pasó su tarjeta de acceso y entró, trayendo consigo tres tazas de café.

—Vengan, les traje café. —Después de repartirlos, Tadeo tomó el suyo y la miró con cierta timidez.

—Muchas gracias, Verónica.

Verónica volteó a verlo.

—¡No es nada! No tienes qué agradecer.

Sin embargo, la mirada de Tadeo estaba llena de una alegría genuina. Verónica, al notarlo, se sintió un poco avergonzada y desvió la mirada.

Micaela, que estaba sumida en sus propios pensamientos, de pronto se percató del ambiente que había surgido entre esos dos y una ligera sonrisa asomó en sus ojos. Aclarándose la garganta, intervino:

—Voy a mi oficina a buscar unos documentos.

En cuanto Micaela se alejó, Verónica se dirigió a Tadeo.

—Jacobo, esta investigación aún está en fase experimental, todavía nos falta un buen tramo para llegar a la etapa clínica real, así que no te puedo prometer nada seguro. Pero te diré algo... —la voz de Micaela era suave, pero seria—; mi descubrimiento reciente fue un gran avance, y los experimentos posteriores van viento en popa. Calculo que podré iniciar las pruebas clínicas en menos de un año, pero estoy dispuesta a empezar el tratamiento de tu madre antes de tiempo.

Hubo un silencio del otro lado de la línea, seguido por la voz rasposa de Jacobo.

—Micaela... gracias. Confío en ti.

—De acuerdo. Tráela el próximo mes para que le hagamos evaluaciones completas.

—Está bien, nos vemos a nuestro regreso al país.

—Mhm —asintió ella. Colgó el teléfono y regresó al laboratorio, donde Verónica se le acercó para ayudarle a registrar los datos.

—Mandé a Tadeo a descansar. Se la ha pasado desvelándose estos últimos dos días y me preocupa que se vaya a enfermar —comentó Verónica.

Micaela esbozó una sonrisa.

—Ya hacía falta que alguien lo cuidara un poco.

Verónica captó la insinuación y se puso roja como un tomate.

—¡Ay, Micaela! ¿Qué cosas dices?

—Tadeo es una gran persona, es súper dedicado y responsable con su trabajo. Para mí, es un excelente miembro del equipo —dijo Micaela, observándola fijamente—. Además, tiene muy buenos sentimientos.

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