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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1640

La sala de archivos estaba completamente en silencio; los enormes estantes estaban repletos de todo tipo de documentos y literatura experimental.

Micaela se dirigió a la sección de neurociencia y empezó a buscar la información que necesitaba. Sus dedos pasaban rápidamente sobre las carpetas hasta que sacó una, hojeó un par de páginas y la devolvió a su lugar para continuar la búsqueda.

Gaspar no entró, simplemente se quedó recargado en el marco de la puerta, observándola.

La bata blanca que llevaba Micaela le daba un toque especial. A través del cuello se asomaba una blusa blanca impecable, y unos cuantos mechones de cabello caían sobre su rostro. Su ceño se fruncía ligeramente de vez en cuando, absorta en la lectura como si fuera una alumna concentrada.

Finalmente, Micaela sacó un expediente y caminó hacia él.

—Ya lo encontré.

Gaspar tomó la carpeta y, con naturalidad, le rodeó la cintura con el brazo libre.

Micaela intentó apartarle la mano.

—Ya estate, tengo que seguir trabajando.

—Nadie nos está viendo —respondió él riendo.

Sin embargo, soltó su cintura y entrelazó sus dedos con los de ella.

***

De vuelta en su oficina, Micaela reanudó sus tareas.

Gaspar se sentó en el sofá y tomó una revista científica cualquiera para hojearla.

De pronto, a Micaela le dio sed. Estiró la mano para tomar su vaso, pero se dio cuenta de que estaba vacío, así que decidió aguantarse y esperar a terminar el trabajo para ir a servirse.

No obstante, este pequeño gesto no pasó desapercibido para el hombre. Gaspar se levantó, fue al garrafón de agua y le llevó un vaso lleno.

Micaela alzó la vista, tomó el vaso y se lo llevó a los labios, incapaz de evitar que una leve sonrisa asomara en su rostro.

No dijo nada y simplemente dejó que la consintiera con naturalidad.

Las otras dos dirigieron sus miradas hacia donde les señalaban y también se quedaron con la boca abierta.

Gaspar, sentado en la ventana, llevaba su abrigo gris oscuro abierto de manera casual, mostrando su elegante camisa. La suave luz delineaba a la perfección los rasgos de su rostro; con la mirada baja, revisaba su celular. Su cabello grisáceo reflejaba un brillo muy particular bajo esa iluminación.

Emanaba un encanto característico de un hombre maduro: serenidad, clase y cierta aura inalcanzable.

—¡Ay, Dios! Esa presencia... —susurró una de las chicas—. Se nota a leguas que es un hombre de negocios.

—¡Y tiene tanto porte! Ese color de pelo platinado... ¿Será teñido o será natural?

—¡Pídele su WhatsApp! —soltó la más atrevida, emocionada por la idea.

—¿Tú crees? No me atrevo...

—¡Claro que sí, no seas cobarde! —la retó su amiga, levantando una ceja—. Espérenme tantito.

Justo en ese momento, Micaela había terminado de pagar y venía caminando de regreso. Al levantar la mirada, Gaspar la recibió con una sonrisa llena de ternura; sus ojos estaban fijos única y exclusivamente en ella.

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