Andruw Di´Marco.
Mantuve mi sonrisa arrogante mientras observaba a Scarlett desaparecer escaleras arriba, casi tropezando en su huida. Como si el diablo le pisara los talones. Como si yo fuera el diablo.
La idea me divirtió más de lo que debería.
Me dejé caer en el sofá, extendiendo los brazos sobre el respaldo, cruzando los tobillos sobre la mesa baja. La estampa de la satisfacción hecha hombre. Mis labios aún ardían con el sabor de ella. Mi lengua recordaba el contorno de su boca. Mis dedos, el calor de su cintura.
«Pequeña escurridiza», pensé. Pero ya no iba a escaparse. No de verdad.
— Andruw.
La voz de Nana Muffin me sacó de mi ensueño. Estaba allí, de pie, con el teléfono inalámbrico todavía en su mano y una expresión de desaprobación tan marcada que parecía habérsele grabado en las arrugas.
Me incorporé apenas lo suficiente para mirarla, pero no me molesté en borrar mi sonrisa.
— ¿Qué? — pregunté, con toda la inocencia que pude fingir.
Nana Muffin apretó los labios. Esa línea fina y severa que tanto la caracterizaba.
— Sabes muy bien lo que estás haciendo — sentenció, usando ese tono severo que solía emplear para reprenderme cuando era niño.
Puse los ojos en blanco. Me recosté de nuevo, cruzando los brazos detrás de la nuca.
— No tengo ni idea de lo que estás hablando, Nana. Estaba cenando con la madre de mi hijo. Nada más.
— Nada más — repitió ella, con un escepticismo que helaría la sangre de cualquiera. Dio un paso adelante, el teléfono colgando de su mano como una amenaza silenciosa —. Estás jugando con fuego, Andruw. Y no me gusta esa mujer.
La mención a Scarlett encendió algo dentro de mí. Mi sonrisa no se borró, pero mis ojos se endurecieron.
— Melissa tampoco te gustaba — respondí, mi tono adoptando un deje de desafío — y ninguna mujer después de ella.
Nana Muffin no pestañeó. Su respuesta fue un latigazo.
— Y mira cómo terminó.
El silencio se instaló entre nosotros. Una verdad incómoda que ella había soltado sin remordimiento. Suspiré, pasándome una mano por el cabello. La vieja tenía razón, pero no en esto. No con Scarlett.
— Esta vez es diferente, vieja — dije, usando el apelativo con cariño —. Ella es la madre de mi hijo.
Nana Muffin me observó por un largo segundo. Como si evaluara la solidez de mis palabras, la verdad detrás de ellas. Finalmente, suspiró. Un suspiro pesado, de rendición.
— Bueno. Tú sabrás lo que haces, Andruw.
Movió el teléfono inalámbrico en el aire, como si eso fuera suficiente para recordarme que Adrián llevaba rato esperando.
— Toma. Me voy. Ya que mi opinión dejó de ser apreciada en este lugar.
No pude evitarlo. Solté una carcajada. Una de esas sinceras, que salían del pecho y resonaban en la sala vacía. Nana Muffin se dio media vuelta con un bufido, sus pasos firmes hacia la puerta, su espalda recta mientras murmuraba quejas que no logre entender.
— ¡Yo también te quiero, Nana Muffin! — le grité, todavía riendo.
Ella hizo un gesto vago con la mano, sin dignarse a mirarme, y se marchó refunfuñando por el pasillo. Negué con la cabeza, todavía sonriendo.
— Qué voy a hacer con esta vieja — murmuré para mí mismo. Sabía que estaba disgustada, y que no sedería con facilidad, pero también sabía que tarde o temprano se terminaría encariñando con Liam, y terminaría aceptando a Scarlett.
Respiré profundo y finalmente me llevé el teléfono a la oreja.
— ¿Sí? — dije con simpleza.
Del otro lado, la voz de Adrián sonó cargada de exasperación.
— ¡Al fin! Llevo como veinte minutos en la línea.
— No te quejes. ¿Para qué llamas? — mi tono era despreocupado, casi burlón —. Voy a empezar a llamarte "anticonceptivo patentado", porque Dios mío… eres bueno para interrumpir.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Dr. Arrogante me convertí en la madre de su hijo