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El Ángel Guardián a Mi Lado romance Capítulo 1012

—Sí —afirmó Regina con una sonrisa tranquila—. Nosotras nos quedamos un rato con Isa, ve a descansar un poco.

—Entonces me voy a casa un momento —dijo Óscar tras pensarlo unos segundos—. Voy a cambiarme de ropa y atender unos asuntos del trabajo.

En realidad, él no quería alejarse ni un segundo de Isabella. Hubiera preferido quedarse ahí, pegado a su lado. Sin embargo, en el fondo sabía que Demian tenía razón. No podía dejarse arrastrar por el abatimiento. Todavía le quedaban muchas cosas por hacer, y sobre todo, tenía que buscar justicia por Isa. La persona que le hizo daño seguía suelta. Si quería darle a Isa una vida mejor, tenía que esforzarse aún más.

Óscar salió del hospital con paso decidido.

Oriana lo siguió con la mirada y chasqueó la lengua.

—Mira nada más en lo que se ha convertido —comentó con una mezcla de sorpresa y lástima—. Nunca lo había visto así.

—Seguro se arrepiente de no haber tratado mejor a Isa.

Regina se sentó junto a la cama de Isabella, acomodándose cerca de la cabecera.

Oriana arrastró una silla y se sentó a su lado, ambas observando a Isabella, quien seguía inmóvil, sumida en ese silencio tan denso que parecía llenar la habitación.

—Isa, dicen que llegaron unos modelos nuevos a Night, y que están buenísimos. ¡Ya apúrate a despertar para que vayamos juntas a verlos! —aventó Oriana con ánimo fingido—. Las tres juntas siempre es más divertido. Si faltas tú, ya no tiene chiste.

Isabella ni parpadeó.

—Isa, ¿me estás escuchando? Si sí, dame una señal, aunque sea un movimiento de ceja —suplicó Oriana, con la esperanza escrita en los ojos, deseando ver a su amiga saltar de la cama como si nada.

Regina permaneció callada, con el ceño ligeramente arrugado, atenta a cualquier reacción.

Pero por más que Oriana hablaba y hablaba, Isabella no se inmutaba. Era como si sus palabras se perdieran en el aire, sin poder alcanzarla.

—¿Y ahora qué hacemos? —soltó Oriana al cabo de un rato, abatida—. Isa, ¿por qué no me haces caso? ¿Ya no me quieres?

Su voz se quebró un poco, y luego, en tono de berrinche:

—Si no me hablas, me voy a poner triste, ¿eh? De veras… Si sigues así, luego voy a comprar un montón de comida rica para comerla con Regi, ¡y no te vamos a dar nada!

Isabella seguía igual, como una muñeca dormida, ajena a todo.

Oriana se volvió hacia Regina, entre frustrada y preocupada.

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