Alguien ya estaba subiendo a Enzo al carro.
El doctor, al ver a Regina en acción, se dio cuenta de inmediato de lo buena que era. Solo con ver cómo ponía las inyecciones, sabía que estaba ante alguien fuera de lo común. Además, la situación de Enzo era muy grave, y ni siquiera ellos estaban seguros de poder hacer algo por él.
Si Regina podía ir en la ambulancia, seguro que podría ayudar muchísimo.
Justo en ese momento, los hombres de Enzo, que unos segundos antes pensaban que Pablo y los suyos habían sido los culpables, por fin entendieron lo que en realidad había pasado.
—¿A poco de verdad Regina y Pablo salvaron a nuestro jefe?
—No hay duda, ellos fueron los que lo rescataron.
—¡Ya basta! No importa si sobrevive o no —soltó Pablo, con el ceño fruncido—. Nosotros ya cumplimos salvando a su jefe, pero si igual nos miran como si fuéramos criminales, ¿entonces para qué seguir ayudando?
—Señora, vámonos —dijo otro de los suyos.
—Ya hicimos suficiente con llamar a la ambulancia —opinó uno más, encogiéndose de hombros—. Que se arreglen ellos.
Regina tampoco parecía tener intención de subirse al carro. Estaba a punto de decir que, después de lo que había hecho, Enzo ya estaba estable y solo quedaba llegar al hospital para que no corriera peligro.
Pero, de la nada, los hombres de Enzo se le acercaron de golpe y, sin previo aviso, se le arrodillaron a los pies.
—Por favor, señorita Jiménez, la regamos, la neta. ¡La juzgamos mal!
—Perdón, en serio.
—Le pedimos disculpas, de corazón.
—¿No podría acompañarnos un ratito más y subir al carro para ayudar a nuestro jefe, el señor Heredia?
—Usted es una doctora increíble, tiene un don. No se va a quedar de brazos cruzados, ¿verdad?
—Se lo juro, si nos ayuda, el señor Heredia le va a estar eternamente agradecido. Lo que usted pida, se lo vamos a cumplir. ¡Se lo prometemos!
—Sí, se lo suplicamos.
Entre todos comenzaron a golpear la frente contra el suelo, una y otra vez, suplicando como si no hubiera un mañana. Regina quedó tan sorprendida que por poco se le va el alma del susto.
Regina solo los miró, pasmada.
—Ya estuvo, ya no se arrodillen más. Voy con ustedes, ¿ok? —dijo, un poco resignada.

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