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El Ángel Guardián a Mi Lado romance Capítulo 900

—¿Qué fue lo que dijo?

—¿Dijo... que perdió?

—¡Sí, eso dijo! ¡Que perdió!

—¿Cómo es posible que ella pierda? ¡Siempre ha sido una genia! ¡En todo lo que hace, siempre queda en primer lugar!

—En el casino también es buenísima, y su maestro es una leyenda. ¡No puede perder contra Regina, que no sirve para nada!

Las voces de la gente alrededor flotaban en el aire, llenas de asombro y morbo.

Todos los presentes miraban a Salomé como si esperaran verla derrumbarse. El ambiente se sentía denso, cargado de expectativas y murmullos.

Salomé sentía cómo su cara se le ponía roja, casi ardía de la vergüenza.

No podía aceptar haber perdido. Para ella, era impensable quedar en ridículo, mostrar debilidad frente a todos. No, no podía permitirse algo así.

Ella, Salomé, siempre había sido la hija más destacada de la familia Beltrán. En el mundo entero la conocían como la consentida del destino, la número uno de las chicas de sociedad.

¿Y Regina? Una simple campesina venida de provincia, sin clase ni educación. ¿Cómo iba a compararse con ella?

En ese momento, el deseo de ganar de Salomé explotó dentro de su pecho.

No soportaba que la gente hablara a sus espaldas, mucho menos que se burlaran de ella. Y ver a sus padres ahí, observando cada uno de sus movimientos, solo la presionaba más. Sentía la obligación de demostrarles que era la mejor, que había heredado todo lo bueno de ellos, justo como decían los demás.

Aunque, en el fondo, todos sabían que ella no era hija biológica de los Beltrán.

Sin embargo, esas palabras de orgullo la llenaban de una esperanza absurda. A sus padres les encantaba presumir de su hija, y eso le daba fuerzas... aunque también le recordaba su inseguridad. Sabía que la querían, sí, pero ese vacío de no ser de sangre siempre la perseguía.

Por eso se esforzaba tanto. Solo si era lo suficientemente sobresaliente, sentía que podría ganarse su cariño y protección.

Tragó aire y luchó por calmarse, obligando a su corazón a latir con normalidad.

Con una sonrisa desafiante, miró hacia donde estaba Regina y, ladeando la boca, soltó:

—Hace rato te dejé ganar. ¿Qué, ya ganaste una vez y quieres salir corriendo?

Regina le respondió con una sonrisa tranquila.

—¿Que tú me dejaste ganar, señorita Beltrán? Yo más bien pensé que yo te estaba dejando ganar a ti.

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