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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 225

Capítulo 225 Vanessa se frotó las manos, y Rafael, al notarlo, se acercó.

—¿Te duele?

Ella asintió sin hacerse la fuerte.

—Me duele. Fue más agotador que jugar bádminton.

Pero tenía que admitirlo: después de esa descarga, toda la frustración acumulada durante años por las trampas de Natalia se había liberado de golpe. Sentía un alivio indescriptible.

Rafael la tomó con suavidad por los hombros y la giró para que le diera la espalda. Entonces comenzó a masajearla con destreza.

Sus manos eran tan hábiles que Vanessa creyó que había estudiado para eso. Todo su cuerpo se relajó bajo su toque.

—Listo. En un rato ponte pomada en las palmas, y la próxima vez usa algo para golpear, no te lastimes las manos —dijo Rafael mientras seguía masajeándole los hombros, con un tono suave y consentidor.

Vanessa volteó a verlo, sorprendida.

—Rafael, ¿no crees que fui demasiado violenta?

Al recordar la cara desfigurada de Natalia después de la golpiza, sintió que se había pasado.

Aunque no se arrepentía.

Si esa noche esos pandilleros le hubieran hecho algo, Natalia no se habría arrepentido de nada. Al contrario, habría deseado verla muerta.

De pronto, la presión sobre su brazo aumentó bastante. Vanessa soltó un quejido y contuvo el aliento.

—Despacio.

—Si te duele, bien. Para que te quede grabado: no vuelvas a decir algo como lo que acabas de decir.

Rafael regresó a una presión moderada y la guio con voz serena:

—Si alguien te hace daño y no te defiendes, eso es tonto. La Vane que conozco es segura de sí misma. Cuando ve una injusticia, alza la voz.

Cuando alguien necesita ayuda, se la da. Y cuando la atacan, sabe usar sus propias garras para protegerse. Tú nunca has estado mal. Los que están mal son quienes te lastimaron.

Vanessa sintió una oleada de emoción.

Una vez más tuvo la sensación de que él era como un rayo de sol en pleno verano, colándose sin aviso en su pecho y disipando toda la oscuridad que llevaba dentro.

Igual que aquel muchacho que la rescató diez años atrás y le devolvió las ganas de vivir.

Solo que...

En ese entonces, siempre creyó que ese muchacho era Alexis.

Esa noche, Leonardo había ido llevando consigo una remesa de vinos tintos recién comprados.

Rafael recordó que Vanessa le había dicho que detestaba a la gente que cobraba favores, y no pudo evitar reírse discretamente.

—Mejor que no se acuerde. Dice que detesta a la gente que cobra favores.

Leonardo arrugó la frente.

—¿Qué? ¿Te preocupa que te obligue a pagar con amor? No hay de qué preocuparse; ya son marido y mujer.

Leonardo siguió bromeando con una sonrisa.

—Pero esa muchacha, ¿sabe o no sabe que le salvaste la vida hace diez años?

La luz proyectaba sombras sobre la cara de Rafael. Sus ojos oscuros despidieron un brillo sombrío.

—La malagradecida seguro ya se olvidó de que le salvé la vida.

En cuanto terminó de hablar, la puerta del estudio se abrió. La silueta esbelta de Vanessa apareció en el umbral, mirándolos muy fijamente.

—¿De qué están hablando?

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