Alexis sintió una enorme decepción y se detuvo a un metro de la cama.
—Me enteré de que no se sentía bien y vine a verlo.
—No hace falta. Lárgate. No quiero verte —respondió Édgar sin piedad.
Alexis no se movió y apretó los puños. Al ver que no se iba, Édgar se puso más hostil y le arrojó una almohada.
—Por tu culpa atormenté a Rafael durante tantos años. ¡Ustedes tres, madre, padre e hijo merecen morir! Te traté bien todos estos años. Será mejor que te largues antes de que deje de contenerme.
Alexis permaneció inmóvil. Dejó que la almohada lo golpeara y cayera al suelo. El golpe lo desconcertó por un instante. Después se entristeció, pues aquellas palabras le causaban dolor y le parecían absurdas.
—Fui tu hijo durante veinticinco años. ¿Solo porque... no compartimos la misma sangre ya no sientes nada por mí? ¿En serio importa tanto la sangre entre nosotros? Yo no hice nada malo. Nada de esto dependía de mí. Vivimos juntos veinticinco años y para mí siempre fuiste mi papá. Te respeté y te veneré, pero ¿por qué hoy me tratas con tanta crueldad?
Habría sido mejor que guardara silencio. Esas palabras humillaron a Édgar, que lo miró con los ojos desorbitados por el odio.
—¡No me digas papá! Crie al hijo de otro durante veinticinco años y, por tu culpa, mi propio hijo sufrió toda clase de injusticias. Tú y tu padre tienen la culpa de todo. Ya fui bastante misericordioso al no matarte. ¿Y todavía esperas que siga aceptándote?
Édgar sonrió y lo miró con un desprecio absoluto.
—Si no hubiera creído que Rafael no era mi hijo, ¿crees que te habría querido? No le llegas ni a los talones. ¿Por qué piensas que podría perdonarte a estas alturas?
Las palabras de Édgar fueron de una crueldad extrema. Alexis sintió que cada palabra lo destrozaba. El rechazo y las comparaciones lo carcomían.
—¡Basta! ¡Te dije que ya basta!

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