Esas palabras golpearon a Alexis con fuerza.
Se lamió el labio roto y sangrante, se levantó y lo encaró con ira.
—Ella fue mía desde el principio. ¿Por qué tenías que meterte a arruinar lo nuestro? Ya te dejé la empresa, ¿también me vas a quitar a mi mujer?
Alexis gruñó entre dientes, con los ojos rojos y llenos de reproche. Rafael lo miró con desprecio y sonrió con burla.
—Ni la empresa ni ella... ya no tienes con qué pelear.
Aunque tenían casi la misma estatura, Alexis parado frente a él parecía más bajo.
Rafael se rodeaba de una atmósfera impenetrable; su mirada imponía una presión aplastante, capaz de paralizar a cualquiera sin necesidad de palabras. Alexis lo sabía mejor que nadie: su posición dentro de la familia Cisneros era muy débil. Preferían poner a un extraño al frente de la filial antes que a él. Pues bien, que no le reprocharan después por jugar sucio.
—¿Entonces admites que sedujiste a Vanessa? Rafael, ¡no tienes vergüenza! Ella estuvo conmigo cinco años, la hice mía la veces que quise. Y lo que no sabes es que hace unos días fuimos a Hacienda Peñoles... esa noche la pasamos muy bien...
Alexis describió todo con lujo de detalle, con una actitud que daba ganas de írsele a los golpes.
La mirada de Rafael se volvió letal. Un destello asesino le atravesó la mirada.
Le dio una patada brutal que lo tumbó otra vez al piso. El golpe fue con toda su fuerza y Alexis se retorció del dolor, pero creyó que sus palabras lo habían afectado y sonrió con una mueca retorcida.
—¿Verdad que duele? Te casaste con la mujer que tu hermano menor ya usó a su antojo... eso solo te pasa a ti. Rafael... cof...
Rafael le puso el pie en el pecho y lo aplastó sin piedad, girando la suela varias veces.
—¿Sabes por qué todavía puedes estar haciendo de las tuyas?
Alexis tosía sin parar, sentía las costillas a punto de quebrarse, pero aun así seguía riendo con una demencia obstinada.
—Soy tu hermano, ¿qué vas a hacer, matarme? Después de esta noche todos van a saber que le robaste la mujer a tu hermano. Sin moral, sin escrúpulos... no mereces dirigir el grupo.
—¿En serio crees que no me atrevería a matarte? —Rafael se inclinó y lo miró directo a la cara, con una actitud sombría e inexpresiva.
Alexis se tensó de pies a cabeza y sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.
—Matarte sería facilísimo.

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