Los resultados de la búsqueda eran de lo más variados.
Uno en particular le llamó la atención: “Si tu esposo está de mal humor, dale un beso, abrázalo, túmbalo en la cama. No hay nada que una buena noche de pasión no pueda resolver. Y si no funciona, repite hasta el amanecer...”
“¡Vaya!”
¿Qué clase de consejo era ese?
Vanessa lo leyó con la cara roja y el corazón latiendo a mil, pero no de vergüenza. Era deseo. Pensar en tumbarlo en un rato, recorrer con las manos esos abdominales marcados y esa línea en V perfecta... solo de imaginarlo no podía contener la emoción.
La cara de Rafael, con esos rasgos varoniles y esa mirada cálida y tranquila que escondía una intensidad desmedida cuando estaba con ella... Solo de pensarlo, todo el cuerpo le ardía.
El ruido del agua en el baño se detuvo. La puerta se abrió y Rafael salió con una bata blanca, el cinturón apenas anudado y el cuello abierto dejando ver la línea firme de sus músculos. Gotas de agua que no se había secado le resbalaban por el pecho, dándole un aire irresistible.
Vanessa, recargada en la cabecera, se quedó mirándolo sin parpadear.
—¿Sigues despierta? ¿Me esperabas? —Rafael se secaba el cabello con la toalla mientras se acercaba a la cama y la observaba desde arriba.
Ella sentía que el corazón se salía del pecho. Se rio con nerviosismo.
—Estaba viendo el celular, ya me voy a dormir.
—No hay prisa, te hago compañía.
El cabello a medio secar le caía suelto, sin la compostura impecable de siempre, y de su piel emanaba un aroma fresco a madera de cedro. Vanessa descubrió por primera vez lo vulnerable que era ante él. El pulso se le había descontrolado.
Pero al final le ganó la cobardía. Se acostó de prisa y controló la voz para que sonara normal.
—Bueno, entonces apúrate.
Y Rafael fue rápido. Volvió al baño a secarse el cabello con la secadora y al salir ya traía puesta una pijama blanca de algodón. Se acostó a su lado.
—¿Quieres que te abrace para dormir? —preguntó con esa voz grave y pausada, mirándola con los ojos entrecerrados.
Con su cara gentil, la piel blanca y tersa sin una sola imperfección; la luz de la lámpara de la cabecera le bañaba el perfil y resaltaba un vello fino y delicado. Se veía dulce, inofensivo y adorable.
—Sí.
Vanessa no se lo pensó dos veces. Sin asomo de timidez se acurrucó contra él y apoyó la cabeza en su brazo. Después de todo, eran esposos; dormir abrazados era lo más normal del mundo. Era ejercer su derecho como esposa.
Rafael deslizó el brazo bajo su cuello y la envolvió por los hombros con la mano.
—Duerme, aquí estoy.
Vanessa se quedó quieta en su abrazo y le preguntó como quien no quiere la cosa:

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