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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 328

Vanessa curvó los labios con una media sonrisa.

—¿Te estás echando para atrás? ¿Quién fue la que dijo ayer que iba a correr desnuda?

Los ingenieros, incluido Galván, voltearon a ver a Camila.

Todos la habían escuchado decirlo el día anterior.

Camila palideció y tardó un buen rato en recuperar la voz.

—Yo... sí, lo dije, pero aunque Vanessa haya demostrado que sabe programar, eso no prueba que Rafael no le haya proporcionado ayuda a escondidas.

¿Que ella, una señorita de alta sociedad y una ingeniera de élite, perdiera ante Vanessa? Ni en sueños.

Vanessa rio con incredulidad.

—Además de todo eres tramposa por costumbre. Hace un momento dijiste que bastaba con que yo escribiera el código, y ahora cambias las reglas. ¿Sabes qué? En lugar de apellidarte Zárate, deberías apellidarte Caradura. Te queda mejor.

Vanessa habló pausadamente, sin prisa, pero dio en el blanco. Las familias de abolengo eran las que más cuidaban las apariencias.

Camila enrojeció de furia y le dijo:

—¡Cállate! Cualquier persona normal adivinaría que fue Rafael quien te ayudó. El ingeniero que desarrolló el sistema, Leandro Palma, trabaja en el Grupo Firax aquí en Cartaluz. ¡Seguro él te pasó la solución!

Claro, ¿cómo no se le ocurrió antes? ¡Le habían tendido una trampa! De lo contrario, si Rafael sabía que ella iba a perder, ¿por qué habría permitido la apuesta?

¡Eso era!

Los presentes murmuraron entre sí; sonaba lógico. Tenía sentido.

Galván escuchó y negó con la cabeza.

—No, esperen, eso no cuadra. Fue el propio Palma quien dijo que no estaba seguro de poder resolver el problema, por eso no vino...

—¡Usted qué va a saber! Basta con que Rafael diga una palabra para que Palma no le niegue el favor. —Camila lo fulminó con la mirada.

Con eso, todos parecieron entender. Era razonable.

Aunque Torres estuvo junto a Vanessa todo el tiempo, ella había trabajado tan rápido que nadie alcanzó a ver qué hizo antes de que el sistema volviera a la normalidad. Así que era imposible determinar si Palma le había enseñado de antemano o si de verdad era tan hábil.

Para no ganarse la enemistad de Camila, nadie objetó su lógica.

Rafael la observó con una mueca sarcástica.

—Vanessa tiene razón. Deberías cambiarte el apellido a Caradura.

—Ah, ¿sí? ¿Tienes algo más que decir?

Vanessa no iba a dejar pasar el asunto, así como así; hacerlo solo le daría a Camila más confianza para seguir provocando.

—¿O acaso vas a inventar que Palma y nosotros nos pusimos de acuerdo desde el principio solo para tenderte una trampa?

Eso era exactamente lo que Camila pensaba. Tenía esa sospecha. Pero sobre todo, si el escándalo crecía, la única perjudicada sería su imagen.

—No dije eso. Es solo que ayer hablé de más; no van a obligarme a correr desnuda en serio, ¿o sí?

—¿Qué propones?

Rafael la miró con dureza.

—¿Pretendes faltar a tu palabra?

Camila sintió que no podía pasar saliva. No sabía cómo reaccionar. Con tantos ojos encima, la humillación ya era enorme. ¿De verdad iba a tener que desnudarse y salir corriendo por la calle? ¡El apellido Zárate quedaría por los suelos!

Al final, intentó concluir el asunto por las buenas.

—Lamento haber dudado de Vanessa. ¿Qué les parece si lo compenso con dinero? O con un regalo, lo que prefieran.

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