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El Arquitecto De Mi Refugio romance Capítulo 329

—En fin, no voy a salir a correr desnuda por una cosa tan insignificante.

Al terminar la frase, su expresión se volvió incómoda. Vanessa sabía que no lo haría.

—Puede que la señorita Zárate lo haya olvidado, pero esta guionista mediocre es heredera de los León. No me hace falta su dinero.

Vanessa levantó el mentón y lo meditó un instante.

—Discúlpate conmigo y damos por terminada la apuesta.

Para cualquier otra persona, una disculpa no habría sido gran cosa. Pero Camila era distinta. Estaba acostumbrada a hacer lo que le daba la gana. En toda la capital, nadie se atrevía a meterse con ella, y encima era una de las mejores en su campo. Que le exigieran pedir perdón le encendió la sangre.

—¿Una disculpa? No te la mereces.

—Lo sabía.

Vanessa recorrió a los presentes con calma.

—Todos vieron lo que pasó hoy. Les pido el favor de que más adelante sean mis testigos. La señorita Zárate no solo es una sinvergüenza que no cumple su palabra y carece de talento, sino que además le encanta menospreciar a los demás...

Hizo una pausa. Su sonrisa era fría, tan afilada que resultaba amenazante.

—Ya que ella misma lo admitió, hoy seré magnánima y la dejaré salirse con la suya.

Los presentes agacharon la cabeza, aguantando la risa. Lo había dicho con una precisión quirúrgica, y era la pura verdad. Los Zárate eran sinónimo de arrogancia en la capital. Camila apenas llevaba un tiempo de haber vuelto al país y, escudándose en su título de ingeniera de alto nivel, en una entrevista se burló de todos los ingenieros nacionales sin excepción. Los llamó basura sin tapujos.

Camila estaba que se volvía loca de furia. Apretó los puños y le clavó la mirada a Vanessa. “¡Maldita!”

Se atrevía a hablar así de ella.

—¿Quieres salir en los titulares?

Rafael agitó su celular. Pocas palabras, pero cargadas de amenaza. Su actitud dejaba claro que protegía a Vanessa sin reservas y estaba dispuesto a dar la cara por ella.

Camila palideció. Por dentro la consumían la vergüenza y la furia. Luchó consigo misma, y al final, pálida y a regañadientes, dijo:

—Bien, disculpas pues. Lo siento —dijo con la cara descompuesta.

La Vanessa de antes, la que soportó cinco años de manipulación psicológica, quizá habría dejado pasar esa disculpa a medias. Pero la Vanessa de ahora ya había salido del pantano. No dudaba, no se cuestionaba a sí misma. Sus ojos se clavaron en Camila.

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