—No digas eso, no seas cruel contigo misma —murmuró Rafael.
La abrazó con más fuerza, con una tristeza que lo superaba, y la arrulló una y otra vez.
Vanessa estaba atrapada en sus recuerdos. Su cara reflejaba dolor, sus lágrimas caían en silencio, y entre sollozos repetía la misma frase, al borde del colapso.
—Fue mi culpa, no lo entiendes... Fue culpa mía, todo eso lo provoqué yo.
Vanessa se aferró a su ropa con las manos, haciendo todo lo posible por contenerse, pero no lo logró. Aunque no emitía ningún sonido, su expresión de dolor resultaba desgarradora; daban ganas de cargar con ese sufrimiento en su lugar.
—Tontuela, no digas eso, ¿ya no te acuerdas? No te eches la culpa a ti misma —dijo Rafael, intentando consolarla, pero aparte de abrazarla, no encontraba las palabras.
Su muerte fue demasiado brutal. Aquel accidente de tránsito había acaparado los noticieros durante semanas, y la industria de los autos eléctricos quedó envuelta en un escándalo. Incluso el Grupo León y los Zárate de la capital estuvieron en el ojo del huracán mediático.
—Tu mamá te adoraba, y lo último que querría es verte así. Tranquila... —le susurró con ternura, acariciándola.
Vanessa perdió el control. Se dejó caer contra su pecho, devorada por los recuerdos. Lloró y lloró sin parar, siempre en silencio, hasta que las lágrimas le empaparon el saco.
Rafael tenía la mirada oscurecida por el remordimiento, y sentía el pecho apretado con cada latido; le dolía tanto que se arrepintió de haber abierto la boca. No debió haber tocado el tema.
Pasó un buen rato antes de que ella se calmara. Había llorado hasta quedarse sin aire; recargada contra él, respiraba débilmente con la mirada nublada. De pronto, murmuró en voz muy baja, como en sueños:
—Mamá, perdóname... Perdón, perdón... Te extraño mucho, mamá...
Vanessa no soltaba el saco de Rafael; de sus labios escapaba un quejido fino y apagado.
Rafael respiró hondo. Había una tormenta silenciosa tras sus ojos. Abrazó a la mujer entre sus brazos con más firmeza, tragó saliva varias veces y le besó la coronilla una y otra vez, con la cara contraída por la angustia y el peso de mil pensamientos encima.
***
Mientras tanto, Camila llegó al punto de la Sierra donde Alexis la había citado.
Que Rafael protegiera tanto a Vanessa no la dejaba tranquila.
—Entonces, ¿qué relación tienen esos dos? Vanessa era tu prometida, eso al menos deberías saberlo —preguntó Camila.
Alexis recordó lo que había visto antes y dudó un instante.
—Ella tiene algo con Rafael, eso sí. Quiere vengarse de mí entrando a nuestra familia —dijo, con expresión grave—. Lo que más me preocupa ahora es que vayan a terminar casándose.
—¿Cómo va a ser? —respondió Camila, incrédula—. Rafael no tendría tan mal gusto. Vanessa no sirve para nada; no hay forma de que le guste.
Al escuchar eso, la expresión de Alexis se volvió seria.
—Señorita Zárate, usted será ingeniera y todo, pero Vanessa tampoco es una inútil.

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