Todo parecía estar a su favor.
Vanessa durmió desde que salió de Tecnolab por la tarde hasta el día siguiente. Tuvo pesadillas toda la noche y cuando despertó ya eran las diez de la mañana.
Le dolía la cabeza. Apenas intentó levantarse, Rafael entró.
—Ya despertaste.
Al verla sentada en la cama, se acercó deprisa y le dijo con suavidad:
—Anoche tuviste fiebre. Mejor quédate acostada y descansa.
Así que tenía fiebre.
Vanessa no se hizo la fuerte y asintió dócilmente. Cuando habló, su voz salió ronca y rasposa:
—Mi celular...
Rafael tomó el celular de la mesita de noche y se lo pasó.
—Ya le pedí permiso a Quiroz por ti. No se va a retrasar nada del trabajo.
Eso le preocupaba. Al escucharlo, Vanessa suspiró, aliviada.
—Gracias.
—¿La señora Cisneros me va a tratar así de distante? Eso no me gusta nada —dijo Rafael con tono burlón, mostrando una media sonrisa.
Al recordar cómo estuvo la noche anterior, todavía sentía un nudo en el pecho. Sobre todo, cuando le subió la fiebre de golpe: Vanessa empezó a llorar entre sueños, llamando a su mamá una y otra vez. Lloraba como una niña, con las lágrimas empapando la almohada y la pijama pegada al cuerpo por el sudor. Su expresión de dolor dejaba claro que estaba atrapada en alguna pesadilla; lloró hasta quedarse sin voz.
Vanessa seguía agotada. Le dolía la cabeza y sentía el cuerpo pesado. Comió algo, se tomó la medicina y volvió a dormirse. Despertó dos veces a lo largo del día, pero era como si le hubieran drenado toda la energía: comía y se volvía a dormir sin fuerzas para nada más.
Rafael no se movió de su lado en ningún momento, vigilándola de cerca por si volvían las pesadillas.
Sin darse cuenta, ya era de madrugada.
***
El celular de Rafael vibró. Lo tomó, salió a la sala y contestó frente al ventanal.
—¿Bueno?

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