—Claro que sí.
Rafael no preguntó nada, aceptó sin dudar. Vanessa se sorprendió.
—¿No... no vas a preguntarme por qué?
—¿Preguntarte qué?
La voz que salía del auricular resonó también a pocos metros de ella.
—Lo que la señora Cisneros quiera hacer, que lo haga. Yo la apoyo.
Vanessa levantó la mirada sin pensarlo y la cara se le iluminó al verlo. Rafael estaba a unos pasos de ella, con una sonrisa, agitando el celular. Alto, con esa elegancia natural y ese porte que lo hacía imposible de ignorar; por más que lo mirara, nunca se cansaba.
Le iba a estallar el corazón de la emoción y corrió hacia él.
—¿Qué haces aquí?
Lo miraba con una alegría que no le cabía en el cuerpo, con el mentón en alto. Le brillaban los ojos de entusiasmo y sonreía radiantemente.
Rafael se enterneció. ¿Se ponía así de contenta solo por verlo?
—Galván me dijo que estabas por acá. Estaba cerca y vine a buscarte para que nos fuéramos juntos al hotel. No esperaba que me llamaras justo cuando llegué. ¿Qué pasó? ¿Por qué estás tan contenta?
Vanessa se mordió el labio.
—Adivina.
—¿Te elogiaron?
Los ingenieros ya se habían vuelto todos sus admiradores.
—No —dijo Vanessa, aferrada a su brazo.
Caminaron hacia donde estaba estacionado el auto.
Rafael lo pensó unos segundos.
—¿Estás contenta porque vamos a volver a Cartaluz?
—Tampoco.

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