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El Arquitecto De Mi Refugio romance Capítulo 338

Alexis sentía una presión insoportable. Agarró un plato vacío y se lo lanzó a Mauricio; el calor de la ira lo consumía por dentro.

El plato le reventó la frente a Mauricio, que se cubrió la herida con las manos mientras soltaba alaridos.

—Alexis, ¿qué demonios te pasa? ¿Dije alguna mentira sobre Vanessa?

La sangre le escurría entre los dedos. Todos quedaron helados.

Pasó un buen rato antes de que alguien reaccionara, se acercara y le presionara la herida con un pañuelo.

Vanessa se sobresaltó. ¿No era Mauricio el mejor amigo de Alexis? ¿Cómo era posible que se hubieran ido a los golpes, y aparentemente por ella? Vaya novedad.

Alexis le había pegado a Mauricio por ella.

—Vanessa podrá ser lo que sea, pero a ti no te toca estar criticándola. Si vuelves a hablar así de ella frente a mí, te mato —le advirtió Alexis en tono feroz, con la mirada clavada en él.

Mauricio, aturdido por el golpe, respondió, furioso:

—Bien, ¡bien! Años de amistad, y me sales con que le pegas a tu mejor amigo por una tipa como esa. Alexis, no se te olvide quién era el que odiaba a Vanessa, quién decía que era una víbora, una caprichosa insoportable. ¡Fuiste tú, maldita sea!

La sangre no paraba de bajarle por la ceja y el párpado hasta la mejilla. Se puso de pie y se dirigió a la puerta para ir al hospital. Cuando la abrió, se encontró a Vanessa parada justo ahí. Apretó la mandíbula con rencor.

—No cantes victoria.

Dicho eso, salió furioso acompañado de uno de sus amigos.

Alexis maldijo y de una patada volcó la silla que tenía al lado. Los demás no imaginaron que la cosa llegaría a tanto y ninguno se atrevió a abrir la boca.

En ese momento la puerta del privado estaba completamente abierta, y los amigos fueron los primeros en notar su presencia. Alguien exclamó:

—Vanessa.

Ella los miró sin inmutarse.

Alexis se paralizó. Notó el cambio en la cara de todos y giró hacia la puerta. Se encontró con la mirada de Vanessa sin esperarlo, pero ella lo observaba con frialdad, como si mirara a un desconocido. Se le encogió el estómago de miedo, aunque al mismo tiempo sintió un impulso de emoción. Se acercó rápido hacia ella.

—Vanessa, ¿qué haces aquí? ¿Viniste a buscarme?

“¿Qué dice?”

No sabía si atribuirlo a un exceso de imaginación o a pura falta de cerebro.

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