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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 399

Capítulo 399

Vanessa se sobresaltó y giró la cabeza.

Rafael estaba parado detrás de ella, vestido, como siempre, con un traje italiano hecho a medida. De figura alta y esbelta, porte impecable, irradiaba una elegancia casi divina.

Vanessa reprimió sus emociones y sus facciones se endurecieron al instante, convirtiendo su cara en una máscara de piedra.

-¿Qué vienes a hacer?

A Rafael se le detuvo el corazón. Apretó el puño y contestó:

-Vine a ver al abuelo.

-No hace falta. Vete.

El tono de Vanessa fue glacial, y su mirada ajena lo observó como si fuera un desconocido.

Rafael no quiso irse. La miró con ojos apagados.

-Vanessa, ¿tanto me detestas?

Ella se puso de pie para encararlo, como si acabara

de escuchar la broma más absurda del mundo.

Apretó la mandíbula y respondió:

-Si no fuera por ti, el abuelo no estaría internado en este hospital. Ese día que lo negaste todo, ¿pensaste en mí, aunque fuera un instante?

¿Pensaste en el abuelo? A ver, dime, ¿qué razón tan terrible tuviste esa noche para retractarte delante de toda esa gente? Y si ibas a retractarte, ¿para qué te molestaste antes en llevarme a conocer a tu familia? Me hubieras pedido el divorcio y ya, ¿por qué...? ¿Por qué me diste esperanzas solo para después decepcionarme?

Vanessa al final no aguantó y lo interpeló una y otra vez. También quería escuchar lo que él tuviera que decir, pero Rafael se limitó a arrugar la frente con dureza, guardando un silencio absoluto en su defensa. Al bajar la mirada, el leve temblor de sus párpados delató su agitación.

-Son cosas muy complicadas, Vanessa. No quise hacerte daño, y mucho menos al abuelo.

Lo cierto es que no le ofrecía ninguna explicación.

Así que no había ninguna razón de peso...

La sangre se le heló en las venas. Ya no soportaba verlo. Con el mentón en alto y los puños tensos, se preparó para enfrentarlo.

No sabía por qué, pero con solo escuchar su voz reaccionaba de manera exagerada, se descontrolaba. Había creído que el corazón ya no le iba a doler, pero al verlo de nuevo, al escuchar su voz, el dolor regresó con una intensidad insoportable. Era como si le hubieran clavado un puñal, y el dolor la dejaba sin aliento.

-¡Vete, vete ya! No quiero verte más.

Al ver que Rafael no daba señales de moverse, Vanessa se le acercó y empezó a empujarlo, hasta sacarlo por la puerta. Aunque él trató de explicarse, Vanessa no le concedió ni una sola mirada más.

-Vete. No dejes que te vuelva a ver.

Vanessa cerró la puerta de golpe y se recargó contra la madera.

Había alzado demasiado la voz y le dio miedo haber despertado a Roberto. Pero, al instante, deseó con todas sus fuerzas que así fuera: qué bueno sería si lograba despertarlo con tanto ruido.

Rafael se quedó parado afuera. La mano que le colgaba a un costado se cerró en un puño y, con los ojos fijos en la puerta cerrada, sintió cómo una punzada tras otra le taladraba el pecho.

Aurelio se acercó y le dijo:

-Señor Cisneros, mejor váyase. El señor sigue inconsciente y la señorita León está muy mal, tiene demasiada presión encima. Si usted se queda aquí, solo va a afectarla más.

Comparado con Vanessa, Aurelio estaba relativamente sereno. Pero por dentro le guardaba bastante resentimiento a Rafael: ¿cómo era posible que las cosas hubieran llegado a este punto?

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