Capítulo 427
Antonio dirigió su mirada hacia él.
La silueta esbelta de Rafael quedaba bañada por la luz de la luna; su sombra se alargaba en el suelo y lo envolvía la melancolía.
Vanessa terminó de conversar, se despidió y se fue sin dedicarle ni una sola mirada a Rafael.
Al darse cuenta de que ella se había ido, cruzó con rapidez por el pasillo hasta plantarse frente a Antonio.
-Abuelo, ¿no la invitaste a quedarse a cenar?
-¿Tú no la pudiste invitar? Si yo tengo que hacer una cosa así, me muero de vergüenza.
Antonio lo fulminó con la mirada, impaciente con él.
-Pensé que ustedes dos, al estar juntos, iban a estar bien; nunca imaginé que ibas a hacer semejante canallada. Y no me digas abuelo, yo no tengo un nieto como tú. Si no resuelves este asunto, no vuelvas a aparecerte por aquí.
Rafael no respondió. Sus ojos volvieron a dirigirse
hacia la dirección por la que Vanessa se había ido, las pupilas tan negras que se confundían con la noche. Tenía una actitud oscura, imposible de saber si era enojo o algo más.
Antonio le lanzó una mirada de reprobación y le dijo con mal humor:
-Con esa boca que no sirve para dar explicaciones, lo que te mereces es terminar tus días solo.
Antonio golpeó el bastón con fuerza contra el suelo.
-Si tanto te importa, ¿por qué no corres tras ella, le pides disculpas como se debe y hablan?
Rafael respondió con fastidio:
-No es que yo no quiera hablar; ella no me da la oportunidad.
-Inútil.
Antonio tenía el pecho oprimido y volvió a reprenderlo.
-Si tu forma de amar es invisible para ella, deja de ser amor y se vuelve una ofensa. No la trates bajo tu concepto de "es por su bien"; el amor no es una
imposición, es un consenso. Pregúntale, primero, si ella está dispuesta a aceptar lo que le ofreces.
Antonio terminó de decir aquello con el pecho agitado por la rabia. Hizo un gesto con la mano.
-Olvídalo, no quiero verte. Me regreso solo, no hace falta que me acompañes. Mientras mi niña Vanessa no te perdone, tampoco vuelvas a pisar mi casa.
Dicho esto, Antonio se alejó.

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