Lo dijo con tanta claridad y Vanessa realmente pensaba lo mismo, así que prefirió quedarse callada.
—Mi gente lleva siguiendo a Octavio todo este tiempo. Descubrieron que se preparaba para incinerar el expediente, así que actuamos y se lo arrebatamos. Y como no queríamos alertar al enemigo, ya de paso lo amarramos y nos lo trajimos.
Rafael la tomó por los hombros y la giró hacia él. La miró con sus ojos negros, firmes y profundos, llenos de ternura.
—Te dije que iba a ayudarte a continuar la investigación; no voy a volver a fallarte. Ni siquiera había alcanzado a traerte hasta acá y ya me estabas exigiendo explicaciones. Además, mi intención era encontrar más pruebas concretas y entregártelas todas juntas.
Vanessa se quedó paralizada. Sabía bien que, por cómo era Rafael, jamás se rebajaría a mentir. Pensándolo bien, desde que ocurrieron los hechos hasta ese momento no habían pasado ni veinticuatro horas; la versión de él tenía mucha credibilidad.
—Esa gente se descuidó. Menos mal que tú aseguraste el expediente.
Vanessa lanzó una mirada hacia Daniel; la intención no podía ser más clara.
Según lo que Rafael acababa de decir, si Octavio hubiera logrado incinerar el expediente, ni siquiera las fotos que ella había tomado antes habrían servido de nada.
Aquellos tipos fueron demasiado torpes. Tirado en el piso, Octavio tenía la boca sellada con cinta negra y soltaba gemidos; su mirada era desesperada, como si quisiera decir algo. Vanessa le hizo una seña a Daniel para que se la quitara.
Apenas se vio libre, Octavio se apresuró a suplicarle:
—Señorita León, yo solo cumplía órdenes. ¿No podría dejarme ir? Si me deja ir, haré lo que sea.
Vanessa apretó la mandíbula, dio un paso al frente y lo pateó en el hombro.
—Tranquilo. Todos ustedes, los que participaron en ese entonces, ninguno se va a salvar.
La patada fue tan fuerte que hizo caer al piso a Octavio, ya debilitado, y ella salió del cuarto con frialdad.
Ya en el auto, Vanessa le preguntó a Rafael:

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