—Abuelo.
Vanessa palideció mientras le temblaban los párpados. Rafael, en cambio, comprendió la intención de Roberto y sonrió. Roberto mantuvo una actitud severa, pero de pronto se echó a reír:
—Bueno, ya. Mira cómo te asustaste. Si en serio los separara, te la pasarías llorando todos los días, ¿no?
Vanessa comprendió entonces que su abuelo solo estaba jugando.
—Ahora hasta tú sabes cómo tomarme el pelo.
Fingió estar molesta, aunque por dentro estaba encantada. Era el mejor desenlace: lo ocurrido con su padre no había alterado a su abuelo y, al menos, su salud estaba fuera de peligro.
Roberto ya se había calmado. Antes de ir a la empresa, se encontró por casualidad con las noticias y le exigió al mayordomo que le contara qué había ocurrido. Al enterarse de toda la verdad, quedó conmocionado.
Nora hizo un escándalo en la empresa; durante el trayecto, Roberto seguía furioso.
Sin embargo, al llegar y recordar todo lo que había soportado su nieta, sintió una inmensa compasión por ella. Ya no quedaba rastro de su enojo.
El arrebato de Roberto se debió a que, al ver a Rafael, recordó a su despiadada madre. Pero ¿qué culpa tenían Vanessa y Rafael?
—Mi niña, ya eres toda una mujer. Estás al frente de la empresa y lo haces muy bien; confío en tus decisiones. Tu padre también debe estar muy orgulloso, dondequiera que esté, al ver todo lo que hiciste por él.
Roberto la miró orgulloso y le secó las lágrimas con ternura.
—Mi niña, no llores. Eres mi nieta querida. Solo quiero que estés bien y seas feliz.
—Abuelo...
Vanessa ya no pudo contenerse y lloró con más fuerza.
—Yo también quiero que estés sano y salvo y que siempre, siempre estés a mi lado —dijo entre lágrimas mientras recostaba la cabeza sobre el hombro de Roberto.

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