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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 799

Rafael rio con desprecio. Su padre había llegado incluso a considerar esa posibilidad.

—Si no quieres morir, haz lo que te digo.

Rafael habló con voz grave, sin dejar margen para negociar.

—Sí, lo haré. Cumpliré todas sus órdenes.

Rubén asintió varias veces. A esas alturas, era la única forma de salvar el pellejo. Además, Rafael ya conocía todos los planes de su padre; era imposible que prosperaran. Rubén solo obedecía para salvarse.

Vanessa ya estaba reunida con Leonardo y Fernanda. Los tres estaban sentados alrededor de una mesa redonda. Fernanda estaba sentada junto a Leonardo y saludó a Vanessa con entusiasmo en cuanto llegó.

—Hace mucho que no nos vemos. Ahora estás tan ocupada que cuesta mucho coincidir contigo.

Fernanda le tomó la mano y ambas conversaron con afecto y espontaneidad. Entre sus colegas guionistas, Fernanda era con quien Vanessa mejor se llevaba.

—Tú también estás muy ocupada. Ahora cada guion que escribes se convierte en un éxito; seguro que Leonardo te explota para que escribas sin parar.

Vanessa sonrió, tomó asiento y pidió un café. Por esos días intentaba dejar el azúcar; incluso había reducido el consumo de postres y pan dulce.

—Acertaste. —Fernanda asintió con resentimiento—. El señor Soto hace exactamente eso. Hasta los animales de carga descansan; los guionistas despertamos y ya tenemos trabajo pendiente.

Tenía razón. Vanessa asintió con una sonrisa. Leonardo escuchó cómo se daban la razón y lo pintaban como un jefe sin escrúpulos, así que protestó.

—No soy tan abusivo. Solo sé apreciar el talento. Por cierto, Vanessa, debo darte las gracias por haberme recomendado a Fernanda.

—Si quieres agradecérmelo, tendrás que demostrarlo como es debido. —Vanessa sonrió con desenfado. Su trato espontáneo hacía sentir cómodos a los demás.

Eso era lo que Fernanda más apreciaba de Vanessa: desde que se conocieron, jamás la había visto darse aires de grandeza.

Nadie habría dicho que era una joven adinerada; pese a su fortuna, tenía un trato muy sencillo.

—Está bien. Dime qué te gustaría comer y qué regalo prefieres; hoy corre todo por mi cuenta —declaró Leonardo con generosidad.

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