—¿Tú qué crees? —Rodrigo sonrió, enigmático, con los ojos oscuros e insondables.
***
Mientras tanto, en el hospital, Antonio y Roberto ya estaban en la habitación. Varios guardaespaldas vigilaban la entrada y Antonio se mostró bastante satisfecho.
—Ya aprendieron a protegerse. Muy bien.
Rafael y Vanessa comían mandarinas sentados junto a la cama. En esa época del año eran dulces y jugosas. Vanessa se quitó el vestido de novia y le pidió a Adriana que lo guardara. Después acompañó a Rafael en la ambulancia hasta el hospital.
Ahora llevaba un vestido de tonos sobrios que todavía tenía manchas de sangre. Al verla así, Antonio y Roberto se asustaron.
Sin embargo, cuando comprobaron que Rafael estaba bien, recordaron que Vanessa y él los habían llamado antes de su llegada para ponerlos al tanto.
El alma les regresó al cuerpo.
—¿Qué demonios están tramando ustedes dos? ¡Hablen de una vez y dejen de comer esa maldita mandarina! —preguntó Roberto con impaciencia.
Roberto estaba desesperado por saber qué había ocurrido. No tuvo tiempo de hacer más preguntas por teléfono y se apresuró a llegar al hospital solo para escuchar todos los detalles.
—Eso mismo. Comen, comen y comen. Cuando vuelven a casa nunca tienen tanto apetito. Hablen y dejen de perder el tiempo.
Antonio le arrebató a Rafael el gajo de mandarina que estaba a punto de llevarse a la boca. Roberto siguió su ejemplo y le quitó a Vanessa más de la mitad de la mandarina que tenía en la mano. Vanessa y Rafael intercambiaron una mirada de resignación. Al final, Rafael les explicó todo lo sucedido.
—Así que, a partir de ahora, necesito que ambos hagan bien su papel.
Rafael volvió a insistir. Apuesto, sereno y afable, mostraba la seguridad de quien movía los hilos desde la sombra. Antonio entendió el plan y rio con amargura.

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