En ese momento, la tristeza de Rafael se desvaneció y solo quedó la ternura.
—¿Por qué me miras así? ¿Tengo algo en la cara?
Vanessa se acercó a él y, al notar que no dejaba de mirarla, preguntó confundida. Rafael volvió en sí, la miró fijamente y sonrió con ternura.
—Vane, no has cambiado nada. Sigues siendo la misma.
—¿Eh?
Vanessa se confundió aún más porque no entendía a qué se refería. Rafael no dijo nada más. Abrió la puerta del auto para que subiera. Cuando ambos estuvieron dentro, Ricardo preguntó:
—Señora, ¿adónde vamos?
Vanessa le indicó a Ricardo adónde ir, y él condujo hasta allí. Rafael reconoció que el lugar quedaba cerca de la Universidad de Cartaluz. Le tomó la mano, entrelazó los dedos con los suyos y volteó a mirarla.
—¿No íbamos a comer?
—Sí. Voy a llevarte a probar algo que te va a encantar.
Vanessa sonrió y dejó ver sus dientes blancos. Su alegría disipó el agobio que Rafael sentía.
—Está bien.
Rafael sonrió. No solía hacer demasiadas preguntas. Siempre consentía a Vanessa cuando ella decidía hacer algo. Llegaron a su destino en menos de media hora.
Cuando bajaron del auto, Vanessa le indicó a Ricardo que no los siguiera. Luego tomó a Rafael de la mano y se dirigió con él hacia un pequeño local.
El local estaba en una calle sencilla y popular, repleta de puestos de comida. Los universitarios solían ir allí a comer. A esa hora, las clases ya habían terminado y los estudiantes se habían marchado, así que el lugar estaba muy tranquilo.
Vanessa guio a Rafael hasta el fondo de la calle y se detuvo frente a un pequeño local de taquitos fritos.
Al llegar a la entrada, Rafael se detuvo.
—¿Dijiste que me invitarías a comer y te referías a esto?
—Exacto. ¿Qué pasa, señor Cisneros? ¿No está a su altura? —Vanessa le sonrió con las mejillas sonrosadas.
Rafael le acarició la cabeza. Aunque llevaba peluca, se veía tan natural que parecía su cabello; además, el peinado enmarcaba muy bien su cara.

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