Vanessa se quedó pensativa.
—Tal vez sea por el cierre del trimestre; hay mucho trabajo con los guiones en la empresa.
Rafael arqueó una ceja.
—Luego llamo para preguntar.
Se dirigieron al restaurante. En el camino, los mensajes y las llamadas no dejaban de llegar al celular de Vanessa. Eran de socios comerciales que se comunicaban para felicitarla.
Vanessa no se daba abasto, así que no contestó ninguna llamada. Así continuaron hasta que el auto llegó al restaurante. Apenas bajó, entró una llamada de su abuelo Roberto.
Vanessa les pidió a Rafael y a Verónica que entraran mientras ella contestaba junto a la puerta. Cuando entraron, Vanessa deslizó el dedo por la pantalla para responder. La voz grave de Roberto resonó al otro lado:
—El evento de lanzamiento fue todo un éxito; ya lo vi. Vanessa, lo lograste. Estoy muy orgulloso de ti.
Por alguna razón, al escuchar la voz cariñosa de su abuelo, a Vanessa se le hizo un nudo en la garganta y le dieron ganas de llorar. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se contuvo y sonrió.
—Gracias, abuelo. Cuando termine con todo, iré a comer contigo, ¿te parece? Celebraremos como se debe.
Pasado Año Nuevo se cumpliría el aniversario luctuoso de su padre, fecha que coincidía con el cumpleaños de su madre.
Todos los años por esas fechas, abuelo y nieta iban juntos a honrar su memoria.
—Claro que sí. Sé que estás ocupada; dirigiste muy bien el corporativo todo este tiempo. Cuando vuelvas, yo también tengo un asunto que hablar contigo.
—Está bien, abuelo.
Vanessa aceptó con docilidad. Al colgar, sintió algo de curiosidad sobre qué sería lo que su abuelo quería hablar con ella. Se dio la vuelta para entrar al restaurante.
De pronto, una figura imponente como una montaña se acercó y su presencia dominante se hizo sentir. Vanessa volteó a ver y se puso seria.
Era Rodrigo.
—Señorita León, felicidades.

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