Vanessa pidió unos aperitivos más. Al sentir la mirada de Rafael, volteó hacia él y preguntó con curiosidad:
—¿Qué pasa?
Intuía que Rafael le ocultaba algo. Por instinto, miró también a Ricardo, pero él bajó la cabeza para esquivar su mirada.
—No es nada.
Rafael conservaba una sonrisa, tan afectuoso como siempre.
Vanessa no le creyó.
Sin embargo, no era el momento de insistir. Los tres conversaron y rieron mientras esperaban a los demás. En cuestión de media hora, el resto fue llegando.
Sergio y Leonardo llegaron casi al mismo tiempo, seguidos poco después por Fernanda.
Fernanda felicitó a Vanessa. Al sonreír se le formaban dos hoyuelos que realzaban sus rasgos juveniles y la hacían verse dulce y encantadora.
Verónica la llamó para que se sentara a su lado, pero Leonardo se le adelantó.
—Es de los míos, así que claro que se sienta conmigo.
Fernanda se quedó inmóvil. Las mejillas le ardieron y miró de reojo a Leonardo con timidez.
—¡Vaya! ¿Ahora resulta que es de los tuyos? Solo trabaja en tu empresa; no tiene tanto que ver contigo —se burló Verónica.
Leonardo la ignoró; tomó a Fernanda de la muñeca y la jaló para sentarla a su lado.
—Fernanda, pórtate bien. Bien dicen: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Tú tienes que seguir creando buenas historias; no dejes que cierta gente te eche a perder.
Fernanda miró la mano que le sujetaba la muñeca y se le aceleró el corazón.
Sentía que le iba a latir tan fuerte que se le saldría del pecho. Una vez que Leonardo la obligó a sentarse, miró por instinto hacia Verónica.
Verónica le clavó una mirada severa:

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