Tras darle un beso, Vanessa se sentó impaciente a abrir la caja del pastel; cortó dos rebanadas y puso una frente al asiento del otro lado.
—Rafael, siéntate a comer tú también.
Daba la casualidad de que tenía algo que preguntarle. Rafael dejó su saco sobre el respaldo de una silla cercana, se sentó al otro lado de la mesa y probó un bocado para acompañarla.
—Sabe bien. Con razón te gusta tanto.
—Pero a mí no me gusta el de mango, eh...
—Lo sé, eres alérgica, por eso no traje el de mango.
Rafael le respondió con naturalidad, y Vanessa se quedó pasmada. Levantó la mirada y contempló a aquel hombre de facciones deslumbrantes y de una suavidad infinita que estaba sentado frente a ella.
—¿Qué fuiste a hacer hoy?
—¿De qué hablaste hoy con el abuelo?
Hablaron al unísono.
Se miraron y sonrieron.
—El abuelo considera que el corporativo ya está estable —confesó Vanessa primero—. Quiere que organicemos la boda cuanto antes y demos la noticia.
La unión entre ambas familias sería un gran acontecimiento en Cartaluz. No solo beneficiaría al mercado bursátil, sino que además pondría un freno a varias empresas que albergaban malas intenciones contra ambos conglomerados. La última vez, Vanessa había hecho pública su relación en el podio de premiación.
Todos pensaban que solo eran novios y que todavía no llegaban al matrimonio.
—Sí, el abuelo tiene razón. ¿Tú qué piensas? —Rafael asintió con aprobación.
Al ver que no decía nada más, Vanessa frunció el ceño.
—A mí me da igual; depende de lo que tú pienses.
Rafael notó con agudeza el cambio en su estado de ánimo; no parecía enojada, pero tampoco estaba del todo contenta.
Fijó su mirada intensa en Vanessa y sonrió con dulzura:
—La última vez prometiste que me darías un lugar oficial. ¿No crees que ya es hora de cumplirlo?
La expresión de Vanessa era radiante y serena a la vez, como una flor noble e inmaculada, libre de cualquier impureza.
—Por supuesto. Si el señor Cisneros está de acuerdo, busquemos un momento para que los dos abuelos se sienten a conversar con calma, ¿te parece?

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