Tal como lo había dicho Benicio Téllez, se estaba mudando.
Ese mismo día, después de terminar los trámites pendientes, aprovechó la mañana y el mediodía para contactar a una empresa de mudanzas. Con su ayuda, vació por completo el departamento donde había vivido con Estefanía Navas, el que fuera su hogar matrimonial.
Había muchas cosas de valor en el lugar: electrodomésticos, adornos, utensilios de cocina… Nada de eso había salido barato cuando lo compraron.
Cuando los de la mudanza le preguntaron qué hacer con todo eso, él simplemente respondió que no lo quería.
Se quedó de pie en medio de la sala, rodeado de las huellas que Estefanía había dejado durante su vida ahí.
Habían compartido cinco años bajo ese techo. Cinco años en los que ella se había convertido en una parte fundamental de su existencia, una persona que había depositado en él toda su confianza, toda su vida...
—Yo me encargo de este cuarto —dijo con la voz rasposa—. Ustedes recojan el resto.
Así, Benicio se quedó solo en esa habitación, recogiendo los recuerdos uno a uno, mientras los empleados de la mudanza lo miraban sin saber qué hacer, parados junto a la puerta, incómodos, sin atreverse a moverse.
Cuando por fin se dio cuenta de que nadie más estaba haciendo nada, se sorprendió.
—¿Ya terminaron de empacar?
—Es que... —Uno de los empleados dudó, buscando las palabras—. Usted nos dijo que eso no lo quería...
Benicio se quedó callado, como si no terminara de entender.
Después de un rato, murmuró:
—Bueno, espérenme tantito. Déjenme terminar aquí. Vayan a ver si encuentran algo de comer afuera, tomen agua, descansen un poco.
Los de la mudanza se miraron entre ellos, incrédulos.
Ellos querían recordarle a ese señor que la mudanza incluía empacar y organizar las cosas, que para eso los habían contratado... Pero era la primera vez que les tocaba un cliente así: recogiendo todo por sí mismo, mientras los otros solo bebían agua y comían galletas a un lado.
Benicio fue metiendo en cajas todas las cosas que pertenecían a Estefanía, grandes y pequeñas, sin dejar nada atrás.
En realidad, Estefanía ya había hecho su propia limpieza antes. Se había llevado toda su ropa, bolsos y accesorios; solo dejó algunos productos de cuidado personal, libros y objetos sin importancia.
—No pasa nada, no es culpa de ustedes, fue mi error —contestó Benicio—. Ya está, ahora sí, podemos llevarnos todo.
Benicio pidió que trasladaran todas las cajas al hotel donde se hospedaría por un tiempo.
Luego, fue a la caja fuerte de la casa. Guardó el oro en su estuche original y, junto con los títulos de propiedad, lo metió todo en una maleta que acomodó en la cajuela de su carro.
Lo demás que quedaba en la caja fuerte lo tiró sin pensarlo al bote de basura.
...
Estefanía, por su parte, recibió durante dos días seguidos transferencias enormes de dinero: era Benicio vaciando sus cuentas y enviándole todos sus ahorros.
Cuando llegó la segunda transferencia, ella ya estaba empacando sus propias cosas.
Su hermano le había comprado el boleto de avión, ajustándolo a sus propios horarios. Solo quedaban unos días para el viaje, y ella partiría con su hermano y su abuelita a la casa de su tía.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...