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El Baile de Despedida del Cisne Cojo romance Capítulo 388

Aquel individuo vestía completamente de negro, llevaba cubrebocas y una gorra bien ajustada. Se cubría de pies a cabeza, y pasó frente a ella tan rápido que ni siquiera pudo distinguir si era hombre o mujer; solo alcanzó a ver una sombra negra deslizándose velozmente, desapareciendo en cuestión de segundos.

Al bajar la mirada, notó un sobre que antes no tenía entre las manos. Frunció el ceño, desconcertada: ¿y esto qué es?

Rápido, rompió el sello y revisó el contenido. Era… ¡el diagnóstico médico de Benicio!

—¿Qué demonios…?

Le costó procesar lo que veía: el informe señalaba que Benicio tenía movilidad espermática baja.

En ese instante, su mente comenzó a hacer conexiones a toda velocidad. Si Benicio tenía ese problema… entonces, ¿eso qué significaba para ella? ¿Y para Benicio? ¿Qué implicaba todo esto?

De pronto, su cabeza se llenó de preguntas y más preguntas, como si un enjambre de signos de interrogación danzara en su mente. Sin embargo, a medida que recordaba los últimos acontecimientos, todo empezó a tener sentido para ella.

Por eso, por eso desde la noche en que ella y Gregorio organizaron aquel plan, Benicio había cambiado tanto su actitud. ¿Desde entonces Benicio había dejado de confiar en ella? Sí, Benicio se mostraba más distante, pero nunca lo había verbalizado. ¿Qué estaría tramando? ¿Por qué se había vuelto tan reservado?

¡No podía quedarse así!

Tenía que platicar esto con Gregorio.

Cristina, que hasta hace poco había salido de la oficina furiosa, volvió corriendo al edificio. Apresurada, apretó el botón del elevador una y otra vez. Cuando la puerta al fin se abrió, ahí estaban Gregorio y Ernesto.

Cristina fijó la mirada en Gregorio, con una expresión cargada de urgencia.

Ernesto, ajeno a todo, soltó una carcajada.

—Cris, ya te pedí disculpas, ¿va? Solo dije tonterías, tú sabes cómo soy, nunca pienso antes de hablar.

Cristina ni siquiera escuchó, más preocupada por llamar la atención de Gregorio con gestos discretos.

Gregorio captó la señal y, con tono resignado, dijo:

—Ya, Ernesto, vete a casa, acompaña a tu esposa. Yo me quedo aquí con Cris, le debo una disculpa.

Ernesto respiró aliviado, sonrió y dio una palmada en el hombro a Gregorio.

—Eso, Gregorio, te la rifas. ¡Me largo, nos vemos!

...

En cuanto Ernesto se fue, Cristina se acercó más a Gregorio, nerviosa.

—Gregorio…—susurró—, esto es serio, de verdad.

—Vamos.

—¿Y tú con qué cara me reclamas? Si tienes amantes hasta debajo de las piedras, ¿qué derecho tienes de exigirme nada?

Viendo que Cristina se encendía, Gregorio le tomó la mano.

—Ya, deja el drama. Lo importante es que Benicio ya sospecha.

Cristina se abrazó el vientre, angustiada.

—¿Y qué vamos a hacer con el bebé? Si piden una prueba de paternidad, todo se va a la basura…

Gregorio golpeó la mesa con los nudillos, seguro de sí mismo.

—El niño tiene que nacer, ¿o crees que no puedo mantenerlo? Déjalo en mis manos.

Cristina lo miró con desconfianza.

—¿Y tú vas a ser el papá?

—¿Qué?—bufó Gregorio—. ¿Acaso crees que no estoy a la altura?

—¿Y yo qué? ¿Qué se supone que soy? ¿Y mi hijo, qué lugar va a tener?—Cristina jamás había pensado en casarse con Gregorio.

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