Cristina Luján pensó que ese sería su fin.
Resulta que Benicio Téllez lo sabía todo; estaba segura de que no la perdonaría.
Sin embargo, para su sorpresa, Benicio solo soltó un par de bufidos de desprecio antes de levantarse e irse, dejándola sola en el privado.
Tras un breve momento de estupor, reaccionó y llamó de inmediato a Gregorio.
—¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Qué hago? ¡Resulta que Benicio lo sabe todo! ¡Sabe que mi hijo es tuyo! ¡Sabe que la voluntaria del bachillerato no era yo y que las grullas de papel no las hice yo! ¿Qué voy a hacer? Gregorio, ¿qué hago?
Gregorio le colgó sin más.
Cristina, sin darse por vencida, volvió a marcar, pero Gregorio ya la había bloqueado.
Se sintió como si la hubieran arrojado a un congelador: «¿Qué está pasando? ¿Cómo puede ser? ¿No habíamos quedado en que cuidarías bien de mí y de nuestro hijo? ¿No me prometiste que lo mejor estaba por venir?».
—¡Gregorio… desgraciado! —chilló con todas sus fuerzas, pero ya no había nadie que la escuchara para venir a consolarla.
...
Cuando Benicio salió del restaurante, los meseros que lo habían retenido momentos antes ya habían desaparecido.
Sonrió con un dejo de melancolía.
«En realidad, ¿por qué hacerlo todo tan complicado? Si tan solo me lo hubiera pedido, yo habría hecho cualquier cosa por ella…».
No había perdido el celular, se lo habían birlado al entrar.
Cuando salió a buscarlo, dos hombres lo interceptaron y lo metieron en otro privado.
Al principio pensó que se trataba de un robo o algún otro acto violento, pero para su sorpresa, alguien entró con su celular en la mano. Era la misma persona, vestida de mesero, que se lo había quitado.
Le dijeron que cooperara.
La supuesta cooperación consistía en que restableciera la contraseña de su celular y la de su correo electrónico, además de iniciar sesión en su teléfono con una nueva cuenta de correo.
Esa cuenta no era suya, y antes de que le devolvieran el celular, él no tenía ni idea de lo que contenía.
Le pidieron que estableciera una contraseña que fuera complicada, pero que al mismo tiempo sus «hermanos» pudieran adivinar si se estrujaban los sesos.
Así que usó el usuario y la contraseña de la cuenta del videojuego al que jugaban juntos en aquellos años.
El hombre disfrazado de mesero salió con el celular reconfigurado. Benicio ni siquiera sabía qué pretendían hacer, hasta que, un momento después, lo llevaron a la puerta de la habitación y le dijeron que ya podía entrar.
Al entrar, lo primero que vio fue a Cristina inclinada sobre su celular, en medio de una videollamada.
Fue en ese instante cuando se dio cuenta de que en el correo recién abierto había un mensaje enviado hacía una semana.
Era una cuenta vieja, llena de correos basura, y el único mensaje importante era ese, sobre el señor Esquivel, con una serie de archivos adjuntos titulados «Pruebas de los crímenes del señor Esquivel en tal o cual ámbito», proveniente de una dirección de correo desconocida.
Pero, en realidad, como él había entrado al privado tan rápido, no habían tenido tiempo de abrir los adjuntos. Aun así, los títulos por sí solos ya eran lo suficientemente alarmantes.
—Yo… creí que ya tenías pruebas sólidas.
Estefanía negó con la cabeza. Solo era un farol, nada más.
No estaba segura de si ese idiota de Benicio ya sabía que Gregorio lo había traicionado, pero no importaba. Lo que ella pretendía hacer no tenía nada que ver con Benicio, ni necesitaba pruebas irrefutables. Solo necesitaba que Gregorio entrara en pánico. Un perro acorralado es capaz de cualquier cosa, y una persona desesperada también pierde la cabeza.
—¡Cielos! —exclamó el joven—. Eso fue muy arriesgado. Menos mal que el señor Benicio entró justo a tiempo. Si no se calculaba bien el momento y abrían los archivos, se habría descubierto todo el engaño.
—Qué tonto —rio Estefanía—. Se supone que eres experto en computación. Los archivos adjuntos tenían una contraseña de descarga independiente.
El joven se dio una palmada en la frente y sonrió.
—De verdad que me bloqueé. Definitivamente, no sirvo para los grandes planes.
—Claro que sirves —le dijo Estefanía—. Le prometí a Viviana que les daría una oportunidad.
...
Gregorio no se esperaba encontrar a Cristina en la puerta de su casa.
Y menos como una loca, lanzándole el bolso en cuanto lo vio mientras no paraba de insultarlo.
Gregorio la esquivó un par de veces, pero al ver que no podía, le arrebató el bolso con fuerza y, de un tirón, la mandó al suelo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Baile de Despedida del Cisne Cojo
Es verdad sale muy caro liberar capitulos...
Muy bonita la novela me encanta pero pueden liberar mas capitulos yo compre capitulos pero liberar mas capitulos sale mas caro...
Muy bonita novela desde principio cada capítulo es un suspenso...